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Cardiopatías

Amsterdam. 21/06/2016. Dutch National Opera. Tchaikovskyi: La dama de picas. Misha Didyk (Hermann), Alexey Markov (Tomski), Svetlana Aksenova (Liza), Vladimir Stoyanov (Jeletski), Larissa Diadkova (Gravin), Anna Goryachova (Polina/Milovzor). y otros. Orquesta del Concertgebouw. Dir. escena: Stefan Herheim. Dir. musical: Mariss Jansons.

Desde 2004 a 2015, Mariss Jansons fue director musical titular de la Royal Concertgebouw de Amsterdam, sucediendo a Riccardo Chailly y cediendo el testigo después a Daniele Gatti. Casi una década antes de iniciar su mandato al frente de la formación holandesa, en 1996, dirigiendo una funciones de La bohème, Jansons sufrió un paro cardíaco que no sólo estuvo a punto de obligar el final de su trayectoria profesional sino que amenazó seriamente su vida. Entre los compromisos que Jansons abandonó forzosamente desde entonces se encontraba la dirección musical de ópera, tarea ciertamente distinta en sus exigencias físicas de la que presenta una tanda de dos o tres conciertos sinfónicos. 

La última vez que Jansons dirigió una ópera fue también en Amsterdam, en la temporada 2011/2012, con Eugene Onegin de Tchaikovsky, también junto a Stefan Herheim. Y de nuevo en Amsterdam, de nuevo con Tchaikovsky y de nuevo con la orquesta del Concertgebouw y Stefan Herheim, Jansons regresaba al foso ahora para dirigir una larga y esperada tanda de nueve funciones de La dama de picas. Las expectativas eran altas y el director letón las ha satisfecho con creces, exponiendo una versión de una melancolía sutil, a flor de piel, mimando la partitura con denuedo y suma delicadeza. La labor de Jansons no brilla únicamente en las páginas con un calado sinfónico más evidente sino que fascina sobremanera en el acompañamiento a las voces, por ejemplo en el aria de Yeletski, que es un primor de sutileza y poesía. Estamos ante una versión musical templada, de una serenidad turbadora, como cansada, muy en conexión con el espíritu que anima la sexta sinfonía de Tchaikovsky.

Conviene recordar por cierto que el compositor ruso padeció un gran pesar en el tramo final de su vida, hasta el punto de que se ha extendido la teoría del suicidio junto a la idea más tradicional de su muerte por cólera, apenas una semana después del estreno de su citada sexta sinfonía. A decir de algunos estudiosos, ese desvanecimiento vital quedó reflejado incluso en el ritmo cadencioso interno bajo el que parece latir esa última sinfonía, conocida como la Patética. Ambas obras -separadas apenas por tres años- comparten pues un pathos, incluso varias líneas melódicas, y no extraña pues que Jansons busque subrayar un parentesco que no sólo es musical sino anímico, sentimental. Esta Dama de picas es la de un corazón cansado que ya no encuentra más aliento para sostenerse, cortadas ya todas las alas a la verdad de su pasión. La respuesta de la Royal Concertgebouw Orchestra entronca a las mil maravillas con este aliento melancólico, con un color cálido y una gama magnífica y amplia de acentos e intensidades, redondeando un sonido hermoso pero nunca preciosista, nunca superficial.

El azar -o quizá no tanto- ha querido que la producción de Stefan Herheim añada otra vuelta de tuerca a este “núcleo cardíaco”, ya que asimila la figura del propio Tchaikovsky con la del protagonista de La dama de picas, de modo que la acción no es otra cosa que la historia del propio Tchaikovsky componiendo La dama de picas en homenaje a Hermann, del que está enamorado. Todo está narrado con gran sutileza, sugiriendo más que subrayando, con un tono más poético que melodramático, en el que el propio Tchaikovsky termina por identificarse con esa figura del anti-héroe que Hermann representa. Herheim asume de algún modo la tesis del suicidio de Tchaikovsky, que habría tomado a propósito ese vaso de agua helada que le haría contraer el cólera, incapaz ya de sostener más su frustrada existencia, una identidad coartada. Y es que la homosexualidad de Tchaikovsky, todavía hoy velada, fue sin duda una de las condiciones que más hondamente marcaron su devenir vital y creativo. Sea como fuere, el trabajo de Herheim es una sutil virguería, sin aspavientos, un trabajo de orfebrería escénica, equilibrado y hermoso, que confiesa un sincero amor por la obra y por el compositor.

En materia de voces, Misha Dydik es un Hermann un tanto más rudo de lo deseable, generalmente desenvuelto en el agudo, de línea firme, un tanto envarado, de un turbación más expuesta que contenida. Se impone, no obstante, como un protagonista más que suficiente y quizá como el solista más completo de la velada. A su lado, a buen seguro la voz menos convincente del reparto fue la de la soprano Svetlana Aksenova, a la que habíamos escuchado ya en el Liceo, en La leyenda de la ciudad invisible de Kitezh. Incómoda con la tesitura del papel, fue incapaz aquí de resolver un agudo firme, mostrando continuados problemas de afinación. No es, por descontado, una voz de lírica plena, amplia y asentada. No consigo imaginar cómo podrá hacerse cargo de Cio-Cio-San y Tosca, sus dos próximos compromisos a la vista.

El barítono Vladimir Stoyanov, bien conocido en nuestros lares por sus frecuentes actuaciones en Bilbao, firma un Yeletski un tanto gris, algo falto de nobleza, aunque de emisión segura y evidente compromiso escénico con la producción. Más adecuado para el rol hubiera sido el barítono Alexey Markov, de timbre mucho más aristocrático y más bella línea de canto, intachable aquí como Tomski. Del resto del reparto, cabe destacar una vez más el buen hacer de la mezzo-soprano Anna Goryachova, aquí como Polina. La veterana Larissa Diadkova, como Condesa, retiene la autoridad escénica aunque la voz empieza a mostrar ya evidentes síntomas de fatiga.

 

 

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