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Inclusión y confusión 

Sevilla. 16/11/2019. Teatro de la Maestranza. Saint-Saëns: Samson et Dalila. Nancy Fabiola Herrera (Dalila). Gregory Kunde (Sansón). Damián del Castillo (Gran sacerdote de Dagón). Alejandro López (Abimelech). Francisco Crespo (Un viejo hebreo). José Ángel Florido (Un mensajero filisteo). Manuel de Diego (Primer filisteo). Andrés Merino (Segundo filisteo). Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Coro de la A.A. del Teatro de la Maestranza. Paco Azorín, dirección de escena. Jacques Lacombe, dirección musical.

Tras el afortunado Don Pasquale con Carlos Chausson y Sara Blanch que abrió la temporada, el Teatro de la Maestranza de Sevilla abordaba ahora su segundo título, Samson et Dalila de Camille Saint-Saëns, una obra estrenada en Weimar en diciembre de 1877, con un libreto de Ferdinand Lemaire a partir del capítulo XVI del Libro de los Jueces del Antiguo Testamento. Estrenada en la pasada edición del Festival de Teatro Clásico de Mérida, entonces en el marco idílico de su teatro romano, llegaba ahora a Sevilla la producción firmada por Paco Azorín. Su trabajo es ambicioso y honesto, pero no siempre afortunado. Vaya por delante la más que meritoria y hermosa idea de contar con diversos colectivos de personas con capacidades diferentes, para integrar la masa de figurantes junto a las voces del coro titular del Maestranza. Me quito el sombrero ante el esfuerzo inclusivo, admirable y hermoso, que se visualiza en las escenas corales de esta producción.

Como decía, la propuesta de Azorín es honesta pero poco afortunada, un tanto torpe en su manejo ideológico. Y es que la superposición de referencias termina por ser un tanto confusa: la confrontación original, inspirada en un episodio bíblico, ponía en escena a hebreos y filisteos, pero Azorín trae la acción al contexto actual del enfrentamiento en Gaza, entre palestinos e israelíes. Hasta ahí todo bien, de no ser porque los referentes se cruzan por completo, y en escena los oprimidos terminan siendo los hebreos, cuando la realidad presente es mucho más discutible. A esto se suman muchas más referencias, desde la caracterización del Sumo sacerdote de Dagón como un jeque saudí o el mismísimo Arafat, hasta la presencia de masas de refugiados como los que hemos visto en Siria y en otros países del entorno, sin olvidar una ejecución de presos que recuerda a las difundidas por el ISIS en su propaganda. Quien mucho abarca, poco aprieta, y quizá la intención original de Azorín se termina por desdibujar al entremezclar tantas referencias, algunas de ellas contradictorias, sin terminar de vertebrar la propuesta hacia un desenlace claro. La omnipresente figura de la reportera de televisión, cámara en mano, tampoco termina de sumar la necesaria reflexión sobre el papel de los medios hoy en día en la generación de una opinión colectiva en torno a estos complejos asuntos.

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El único horizonte hacia el que todo parece confluir es la ideal un tanto naíf, que subraya el amor como única alternativa ante el odio. Por descontado que es así, pero mucho me temo que la salida para conflictos como el que asola la franja de Gaza están muy lejos de vertebrarse a través de una idílica apelación al amor, de la que forma parte la iniciativa inclusiva antes mencionada. Sea como fuere, este no es el trasunto principal de la propuesta de Azorín. En ocasiones la dialéctica entre opresores y oprimidos se da la vuelta como un calcetín. Y es por eso que tiene sentido subrayar, como Azorín deja entrever, que el otrora oprimido pueblo de Israel practica ahora con sus vecinos la misma exclusión que ellos mismos padecieron antaño. Pero en realidad su propuesta no pone el acento en eso precisamente. Más bien entiendo que juega a desdibujar la concreción exacta del conflicto palestino-israelí, como apuntando a una idea demasiado general, según la cual la historia bíblica entre filisteos y hebreos valdría casi para cualquier otro contexto, en cualesquiera espacio y tiempo. Y me temo que no es así. El libreto de Samson et Dalila no sostiene esa elevación a categoría. 

De alguna manera se podría decir que Azorín intentó jugar la carta del feminismo para su Traviata del pasado Festival Castell de Peralada, sin lograr convencer a la crítica en su acercamiento. Ahora parece haber querido enarbolar el estandarte del teatro social, sin terminar tampoco de afinar el tiro. La impresión final es un tanto superficial, como si Azorín hubiera identificado una buena idea y la hubiera llevado hasta el final a toda costa, sin pararse a pensar en las contradicciones que iba sembrando por el camino.

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La mezzosoprano Nancy Fabiola Herrera es muy artista y como tal sabe disimular bien sus flaquezas para hacer brillar sus virtudes. Canta con gusto, paladeando el texto francés con elegancia, singularmente en sus intervenciones más líricas ("Printemps qui commence" y el consabido "Mon coeur s´ouvre à ta voix"). No obstante, lo mejor de su instrumento está en el tercio superior, pues el grave sonó un tanto esforzado y mate, restando dramatismo a algunos pasajes donde se requiere más presencia vocal. En cualquier caso, firmó un segundo acto ejemplar, contrastando bien los diversos estados de ánimo que atraviesa Dalila, primero en su intervención junto al Gran sacerdote de Dagón y más tarde en ese hermoso e intenso dúo con Samson.

Es asombroso y admirable el estado vocal que atraviesa Gregory Kunde, a sus 65 años de edad. Conviene subrayar este hecho, su edad, porque su instrumento parece desafiar últimamente el paso del tiempo. Permítanme una anécdota, porque viene al caso. Cuando entrevisté a Peter Gelb, en octubre de 2018, una vez concluidas mis preguntas seguimos charlando de diversos asuntos y le pregunté por la inexplicable ausencia de Kunde en los repartos del Met. "No me explico -le dije- como un solista estadounidense capaz de resolver con igual fortuna partes tan diversas como el Otello verdiano, el Peter Grimes de Britten o este Samson, y más aun con la historia personal que ha protagonizado Kunde, no está cantando aquí cada dos por tres". Su respuesta me dejó petrificado: "Conozco a Kunde, sí. Me han hablado de él recientemente. Pero, dígame, ¿es muy mayor, verdad?". Qué demonios importará la edad que tenga un cantante, ya sea por su insultante juventud (pienso en Marina Monzó, por ejemplo) o por su imponente madurez (ahí estan los 55 años de Ainhoa Arteta).

Pues bien, hecho este excurso, lo admirable de Kunde es que su voz campanea sin esfuerzo por el ingrato espacio del Maestranza, tan abierto. Su familiaridad con el repertorio francés es evidente, desgranando el texto con suma precisión. No en vano ha sido y sigue siendo uno de los intérpretes de Berlioz y Meyerbeer más respetados hoy en día. Tras debutar este papel en el Palau de Les Arts de Valencia, la parte de Samson sirvió a Kunde hace unos meses para firmar su esperado regreso al escenario del Metropolitan de Nueva York, habiendo cantado también este rol en otras plazas emblemáticas como el Mariinsky de San Petersburgo. Su Samson es poderoso y vibrante, sin evitar los pasajes más líricos de la partitura, donde logra recoger la voz con fortuna. Conserva aun Kunde un agudo fácil y con pegada, como quedó patente en su intervención final, coronada con ese intrincado Si bemol.

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Muy grata sorpresa la evolución vocal mostrada por Damián del Castillo, cantando la parte del Gran sacerdote de Dagón. La voz ha ganado en presencia, caudal y proyección. Del Castillo se desenvuelve además con firmeza en escena y en conjunto cabría valorar su actuación como irreprochable. Sin duda, un cantante cuya progresión conviene seguir de cerca. Remataba el elenco un amplio plantel de voces, muchos de ellos cantantes españoles, algo que tantas veces reclamamos en los teatros de nuestro país y que aquí sí, por fin, se vio reflejado con justicia: Alejandro López (Abimelech), Francisco Crespo (Un viejo hebreo), José Ángel Florido (Un mensajero filisteo), Manuel de Diego (Primer filisteo) y Andrés Merino (Segundo filisteo).

Refinada e idiomática, la dirección musical del maestro canadiense Jacques Lacombe contribuyó a otorgar fluidez a la representación, sin altibajos y con un ejemplar manejo del balance del sonido entre el foso y las voces, aun más si cabe en una producción tan abierta como esta, en la que Azorín emplea toda la amplitud de la caja escénica del Maestranza, sin la resonancia habitual que presta una escenografía más cerrada. A sus órdenes, la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla confirmó una vez más que tiene un potencial extraordinario, siempre que encuentre una batuta con la que entenderse. Cuánto urge que esta orquesta cuente por fin con un gerente y con un director musical que encaminen su progresión con buena letra y la dosis necesaria de ambición. Un aplauso, por último, para el coro titular del Maestranza, verdaderamente impecable en todas sus intervenciones. Irreprochable su actuación, plenamente comprometidos e implicados con la propuesta de Azorín, y excelente su sonido, empastado y nítida su articulación del texto francés.

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