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Jansons16Viena

Calor austral

Seguramente hasta el propio Mariss Jansons, al que atinadamente Xavier Cester definía como "el gigante discreto", olvidó en el transcurso del concierto que porta consigo un marcapasos desde 1996, cuando sufrió un severo ataque al corazón en mitad de una representación de La bohème. A decir verdad su concierto de 2012 tuvo menos fuego, menos vitalismo. Pero en esta ocasión, con esos ojos elocuentes y chispeantes, y alternando lo mismo sus manos que la batuta, con un gesto limpio y elocuente, Jansons ha presentado unos Strauss de una poesía vigorosa, siempre sentida, nunca superficial.  En la senda de Carlos Kleiber, aunque sin tanto vértigo en dinámicas y tiempos como aquel, con la misma elegancia que el charmant Prêtre, pero también con la claridad arquitectónica de un Kna, y por descontado en las antípodas del descafeinado y lánguido Welser-Möst.

Con un programa muy personal, distinto de lo habitual sobre todo en la primera parte, lleno de guiños aquí y allá pero con un centro claro en la tradición que da sentido a este concierto, Jansons ha ofrecido todo una clase magistral sobre el uso del rubato, que administra en su justa medida, con equilibrio y sentido. Lo cierto es que Jansons es un hombre de pasión medida: nunca distante, nunca exagerado, cultiva una armonía de la que sin duda cualquier repertorio se beneficia, singularmente los que más ha cultivado, ya sea Mahler o el sinfonismo ruso.

Y es que Jansons cree en el repertorio que interpreta, sea cual sea. Mejor dicho, cree por encima de todo en la obra y en el compositor. Así, no intenta ofrecer versiones personales, extravagantes y extremas, sino que recrea el marco ideal para que la propia obra respire a sus anchas. Y es que el vals, con ese 3/4 tan paradigmático, no respira por sí solo; digamos que hay que acunarlo y predisponerlo para que suene fresco, ligero y cómplice. Con una Filarmónica de Viena que podría interpretar este repertorio sin batuta alguna y con los ojos cerrados, Jansons ha conseguido ya de entrada que se percibiese motivados a los atriles, cómplices de buen agrado incluso con los continuados guiños al desenfado, como ese inédito silbido en el vals Muchachas de Viena de Ziehrer.

Mariss Jansons ha bordado así uno de los mejores conciertos de Año Nuevo de los últimos años, a franca distancia de los de Mehta (2015) o Welser-Möst (2013) y en una clave bien distinta al buen hacer de Barenboim (2014). El concierto de Jansons ha sido de una calidez que echábamos de menos, curiosamente venida del norte; un calor austral genuino y personal, que es el que Nelsons imprime a todo lo que toca. El año que viene el elegido será Gustavo Dudamel, el director venezolano, punta de lanza de El Sistema que se convertirá así en la batuta más joven en dirigir esta mítica cita en el calendario de los melómanos.

 

 

 

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