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I vespri siciliani 10 Tato Baeza 1

La vigencia de Verdi

Valencia. 16/12/2016. Palau de Les Arts. Verdi: I vespri siciliani. Maribel Ortega (Elena), Gregory Kunde (Arrigo), Juan Jesús Rodríguez (Monforte), Alexánder Vinogradov (Procida), Andrea Pellegrini (Sire di Bethune), Cristian Díaz (Conte Vaudemont), Nozomi Kato (Ninetta), Moisés marín (Danieli), Andrés Sulbarán (Tebaldo), Jorge Álvarez (Roberto), Fabián Lara (Manfredo). 

La primera vez que escuché en directo a este renovado Gregory Kunde que hoy nos resulta ya sumamente familiar fue precisamente con la versión francesa de I vespri siciliani, en el Teatro San Carlo de Nápoles, allá por 2010. Le volví a escuchar el papel precisamente en esta misma producción firmada por Livermore, en la temporada de ABAO. Y no deja de sorprender la suma facilidad, casi insólita, con que recorre la empinada tesitura del rol, que cae como un guante a sus medios, por más que el centro y el grave no tengan una entidad tan rica como el agudo, que en su caso sigue sonando con arrojo y con apenas desgaste alguno a lo largo de la extensa función. El de Arrigo es de hecho uno de esos roles que parecen imposibles sobre el papel, en este caso tanto por su duración como por su tesitura (terrible la sucesión de los actos cuarto y quinto). Kunde va a llevar una década con el papel en su repertorio, en otra más de esas gestas dignas de récord que acumula ya en su haber.

Muy meritorio trabajo el de la soprano española Maribel Ortega, que se reparte en estas funciones el rol de Elena con la ucraniana Sofia Soloviy, en reemplazo de la originalmente prevista, la italiana Anna Pirozzi, de baja por su futura maternidad. Estamos ante un papel cuya escritura vocal se sitúa, de algún modo, en tierra de nadie, sumamente ingrato por mucho que tenga dos arias con protagonismo solista. Maribel Ortega debutó el papel prácticamente in extremis y ha conseguido hacerlo suyo una forma realmente digna de elogio. El instrumento es poderoso, amplio, bien timbrado; sin duda su retrato de Elena admite más contrastes y matices, pero creo que no puede pedirse más para un debut así en tan difíciles circunstancias.

Como Monforte, Juan Jesús Rodríguez conforma una progresión y una madurez artística espléndidas. Con una voz que suena a Verdi nada más abrir la boca, su fraseo abunda cada vez en más matices, con una línea amplia y noble. No es ya sólo, pues, una voz grande y bien timbrada, sino un instrumento mucho más dúctil que hace unos años. Los dos dúos que firman Kunde y Rodríguez son, sin duda, lo más intenso y vibrante de la representación. De medios sonoros y fraseo bien cincelado, el Procida de Alexánder Vinogradov remató un reparto francamente compacto y prácticamente redondo, también en el caso de los comprimarios como es costumbre en el Palau de Les Arts.

La versión musical de Roberto Abbado no levantó el vuelo: gris y plomiza, sumamente anónima, confunde a menudo el brío con el alboroto, falto de un pulso genuino, de una teatralidad que corra por las venas. A la postre la función se sostiene por el estupendo sonido que todavía ofrece la Orquesta de la Comunidad Valenciana, un conjunto que sigue sonando a un gran nivel a pesar de no ser ya la de antaño. Mención obligada también para el coro titular del teatro, que garantiza asimismo una prestación sobresaliente. 

La propuesta escénica de Davide Livermore, a la sazón director artístico e intendente del Palau de Les Arts, se estrenó en 2011 en el Teatro Regio de Turín, al hilo del 150 aniversario de la unificación italiana. La idea de partida es muy buena, aunque la realización escénica propiamente dicha no lo es tanto. Livermore traslada el episodio original de 1282 a un contexto contemporáneo, en torno a episodios recientes de la historia de Italia: el funeral del juez Falcone, la masacre de Capaci y un sinfín de alusiones más a la realidad política del país, poniendo en escena incluso su Parlamento. No faltan tampoco los estudios de televisión y toda la parafernalia mediática que rodea y enmascara la realidad una clase política corrupta. 

Ciertamente el libreto de I vespri siciliani no es la quintaesencia de la teatralidad y la estructura y duración de la obra no facilitan el empeño. Así las cosas, los actos centrales no tienen la misma entidad dramática que los dos primeros y el último, no encontrando Livermore una solución afortunada para hilar aquí la acción, que se desarrolla un tanto sin pena ni gloria, de forma sumamente convencional y un tanto tediosa, de no ser por el arrojo y teatralidad de los protagonistas. Lo más valioso del hacer de Livermore compete a su apuesta por actualizar con coherencia y sentido un libreto referido a eventos que se anclan siglos atrás y que sin embargo guardan suma vigencia, como la guardaban de hecho ya en tiempo del propio Verdi, en pleno Risorgimento. La apuesta como tal es valiosa, ingeniosa por momentos incluso, aunque la realización escénica tiene inevitables limitaciones. No es menos cierto, asimismo, que se trata de una producción concebida específicamente para un público italiano, familiarizado con todas esas referencias a episodios recientes de la historia de su país. Seguramente un trabajo donde tuviésemos alusiones directas al terrorismo de ETA y a los GAL, suscitaría hoy la misma y virulenta polémica que el trabajo de Livermore suscitó en Italia en 2011.

 

 

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