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  • © Monika Rittershaus
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Eppur si muove

Berlín. 20/12/15. Philharmonie. Debussy: Pelléas et Mélisande. Christian Gerhaher (Pelléas), Magdalena Kozená (Mélisande), Gerald Finley (Golaud), Bernarda Fink (Geneviève), Franz-Josef Selig (Arkel). Filarmónica de Berlín. Dirección de escena: Peter Sellars. Dirección musical: Sir Simon Rattle.

Reto elevado al cubo el que asumía Peter Sellars como artista en residencia de la Filarmónica de Berlín con este Pélleas et Mélisande. Es ya un reto, en términos genera, escenificar esta obra más bien estática, con una acción tan interior, con un dinamismo sui generis, tanto en su música como en su desarrollo dramático, y con unos personajes que lo son más por lo que sugieren que por lo que dicen. Y el reto se redoblaba en esta ocasión al presentar una versión semi-escenificada en un auditorio al uso, en la gran sala de la Philharmonie que no posee un escenario sino concebido para una orquesta, nunca para unos cantantes que interactúan y se mueven. De ahí que Sellars renuncie a los límites convencionales y decida emplear toda la sala, todo su espacio y cada uno de sus ángulos, para presentar un espectáculo incomparable, que respira un aire propio y no deja indiferente a nadie.

Ya había trabajado antes Sellars en estas condiciones, precisamente en la Philharmonie de Berlín donde dramatizó con gran éxito hace apenas unos años las dos Pasiones de Bach. Conoce pues bien la sala, su excelente acústica y sus posibilidades. Sellars también se antoja muy atento al código cromático que se desarrolla en esta partitura, de un impresionismo musical más que probado y que en esta ocasión se refleja en unas columnas de luz de diversos colores situadas allí donde actúan los cantantes. Amén del citado juego cromático, los pilares principales de la propueta de Sellars son la gestualidad y el uso del espacio. Sellars se ha destacado siempre por la elaboración gestual de sus trabajos, desarrollando consigo la temprana influencia que el teatro chino, singularmente la Kunju ópera, tuvo en su carrera. En esta ocasión, la tónica se repite, con un medidísimo trabajo gestual -casi mímico en ocasiones- con cada uno de los intérpretes.

En términos espaciales, amén de un pequeño espacio a modo de escenario clásico que se reserva delante del podio de Sellars, la acción transcurre en una suerte de peana que se ubica entre los violines primeros y los segundos y donde apenas caben dos personas recostadas. Completan el mapa espacial de la representación los diversos balcones y escaleras que salpican la sala de la Philharmonie, ya sea en la zona del coro tras la percusión, o ya sea en las alturas de la sala, donde por ejemplo se desarrolla la tensa escena de Golaud con Yniold.

Con estos recursos Sellars busca recrear sobre todo imágenes y pulsiones, sabedor de que no hay tanto una acción concreta que poner en movimiento, y haciendo así de la necesidad virtud, dadas las limitaciones de la sala, que él intenta en suma transmutar en posibilidades menos exploradas. Así las cosas, contra todo pronóstico y como dijo Galileo, “eppur si muove” este Pelléas et Mélisande realmente único e incomparable, que viaja ahora a comienzos de enero a Londres, para recrearse en el Barbican, donde precisamente vimos ya un Pelléas en versión concierto hace varios años, con Dessay y Keenlyside, no dramatizado, y donde ignoramos cómo podrá Sellars obrar de nuevo el milagro, ya que la sala no ofrece las mismas posibilidades que la Philharmonie de Berlín.

Simon Rattle tuvo un notable éxito en 2008 cuando debutó precisamente con Pelléas et Mélisande en el foso de la Staatsoper de Berlín. Es pues una obra con la que guarda una familiaridad importante, lo mismo que con este repertorio que se supone que es una de sus especialidades, allí donde suena menos rutinario y más personal. Sin embargo, la versión que dispuso estos días en Berlín no tuvo todos los quilates que cabía esperar, quizá demasiado pendiente de que los cantantes distribuidos por la sala no perdieran nunca su referencia. Lo cierto es que presentó una versión algo morosa en dinámicas, alicaída de tanto en tanto, con una poesía más sugerida que realizada y con una teatralidad francamente irregular. Huelga decir que la respuesta de la Filarmónica de Berlín fue apabullante, con unos ataques de la cuerda, por ejemplo, de esos que dejan al oyente clavado al asiento por su precisión y riqueza. Pero la versión de Rattle, ya digo, quedó algo lejos del conjunto del espectáculo como tal.

Christian Gerhaher está sin lugar a dudas en un momento dulce de su trayectoria, tras su reciente debut como Wozzeck en Zúrich y cerrando con este Pélleas un año exquisito en el que ha dejado interpretaciones memorables de Wolfram (Tannhäuser) u Orfeo (Monteverdi), amén de su consumado desempeño en materia de lied. En esta ocasión, volvió a bordar la parte que asumía, presentando un Pelléas vulnerable, sí, pero poliédrico, herido y frustrado, curioso e ingenuo, presa de una pasión sincera y auténtica. Salvó alguna leve fatiga para afrontar la franja más aguda de la partitura, Gerhaher convenció sobre todo por su solvente manejo del especial declamado que Debussy concibió para esta obra. 

Junto a él, sorprendió para bien la Mélisande de Magdalena Kozená, una cantante por la que no he tenido nunca una afinidad inmediata, pero que aquí se mostró en indudable buena forma vocal, dominando la parte, con un lirismo de hermosísima factura (bordó el “Mes longs cheveux” que abre el acto tercero). Si acaso cabe discrepar con el perfil del personaje que más acentúa, demasiado osca y madura, antes que vulnerable y extraordinaria. Seguramente Sellars tenga algo que ver, si no mucho, en todo ello, buscando presentar una Mélisande más terrenal y menos aureolada, más amarga que misteriosa.

Sobresaliente también Gerald Finley como Golaud, una parte que ya había cantado en el Met en la temporada 2010/2011. Quizá falte un contraste más evidente entre su material y el de Gerhaher como Pelléas. Aunque, visto a contrapelo, precisamente su relativa proximidad agranda y subraya el conflicto que se plantea en el triángulo que forman con Mélisande. Finley es uno de esos artista completos que convencen lo mismo por la hondura de su actuación teatral que por la firmeza de su línea de canto. El timbre sigue teniendo un centro sólido y personal que es la clave de bóveda de todo su hacer. 

Muy apreciable el trabajo de Bernarda Fink en la breve parte de Geneviève. Lo interesante fue sobre todo contrastar que su voz se encuentra aún en muy buena forma, con un material reconocible y dúctil. Firme aunque también algo envarado el Arkel de Franz-Josef Selig, con más intenciones que resultados en su acercamiento al declamado de esta partitura. Para la parte de Yniold se acertó contando con la voz blanca de un adolescente de extraordinaria musicalidad, capaz de moverse con soltura por toda la sala, cantando siempre con una medida y entonación exquisitas.

 

 

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