© Monika Rittershaus
Helador
Berlín. 01/02/2026. Komische Oper (Schiller Theater). Shostakóvich: Lady Macbeth de Mtsensk. Ambur Braid, Dmitry Ulyanov, Elmar Gilbertsson, Sean Panikkar, Mirka Wagner, Dmitry Ivashchenko y otros. Barrie Kosky, dirección de escena. James Gaffigan, dirección musical.
Un Berlín congelado a casi diez grados bajo cero, con calles convertidas en pistas de hielo, parecía el escenario ideal para acoger el estreno de una nueva producción de la célebre Lady Macbeth de Mtsensk de Dmitri Shostakóvich. Mientras transcurren sus obras de restauración, la Komische Oper de la capital alemana se ha instalado en el Schiller Theater, espacio que fuera ya el escenario alternativo de la Staatsoper de Berlín durante los muchos años que duraron sus reparaciones. El Schiller es un teatro ciertamente recogido, con lugar apenas para un millar de espectadores, donde sobrecogió escuchar una obra como esta Lady Macbeth, de generosa orquestación.
Recién renovado en su posición como director musical de la Komische Oper de Berlín, la labor orquestal de James Gaffigan fue muy meritoria. Aunque la orquesta de la Komische no tenga el lustre de las de los otros teatros berlineses, el maestro estadounidense logró extraer de ella un sonido intenso y bien armado, sin flaquezas reseñables.
La batuta de Gaffigan supo subrayar los instantes más íntimos de la partitura, en contraste con las páginas de mayor despliegue orquestal, como el sobrecogedor cuadro final en Siberia o los consabidos interludios orquestales. Gaffigan destacó también en su trabajo con las voces, sin cubrirlas en momento alguno, algo especialmente complejo en una sala de dimensiones tan reducidas como el mencionado Schiller Theater.
El coro tiene mucho peso en esta partitura y su desempeño actoral es fundamental para el buen desarrollo de varias de las escenas más epatantes. El conjunto de la Komische estuvo aquí a la altura de lo esperado, cumpliendo con creces con su cometido.

En el rol titular la canadiense Ambur Braid hizo gala de una excelente predisposición técnica para abordar el rol, resolviendo la tesitura sin tensiones ni sonidos forzados. El timbre no es particularmente singular, tampoco es que tenga un magnetismo fuera de orden, pero en su interpretación de Katerina todo estuvo en su sitio, todo sonó convincente y no hubo nada reprochable. Es además una actriz entregada y comprometida y no en vano fue el centro de la propuesta escénica de Barrie Kosky, quien le exige una ferocidad notable en algunos momentos.
A su lado, el bajo ruso Dmitry Ulyanov brindó un excelente Boris, de medios sonoros y contundentes, perfectamente asimilado al sádico retrato del personaje que predispone la propuseta escénica de Kosky. Fantástico también el Sergei de Sean Panikkar, un artista completísimo, con un instrumento que ha ganado enteros y que no tuvo escollo alguno a la hora de resolver esta intrincada parte. También estuvo a la altura el Zinovi de Elmar Gilbertsson, mostrando un timbre penetrante en el tercio agudo y cuadrando a la perfección el retrato del rol que predispone Kosky, como una suerte de calzonazos. Del resto del elenco cabe destacar el contundente y brulón Sacerdote de Dmitry Ivashchenko.

Habida cuenta de su parquedad, a primera vista la propuesta escénica de Barrie Kosky podría parecer decepcionante, parca en ideas y en recursos, superficial cuando menos. Pero conforme avanza la representación vemos que se trata de una opción consciente y consecuente. El director de escena australiano busca hacer de la austeridad una virtud, ahondando en una propuesta que se sostiene fundamentalmente por su esmeradísima dirección de actores y por su caracterización de los personajes, perfectamente perfilados. La escenografía de Rufus Didwiszus es mínima y el atrezzo es casi inexistente, apenas una cama y poco más para sostener toda la acción del espectáculo.
Kosky abunda en los instantes más sórdidos y macabros del libreto, aunque sin regoderase, mostrando más bien la crudeza de unos hechos que epatan por sí solos, sin necesidad de mayor envoltorio. Sobrecoge la suerte de danza macabra que se desarrolla cuando se descubre el cadaver de Zinovi. Pareciera así que Kosky quiere subrayar precisamente lo que hay de 'tosco, primitivo y vulgar' en la obra, en palabras del famoso artículo publicado en Pravda en 1936. "Es un juego de ingenio que puede acabar muy mal" y lo cierto es que casi un siglo después la obra posee una actualidad sobresaliente. El trabajo de Kosky, ya digo parco en su despligue visual y escenográfico, se yergue así precisamente como una reivindicación del legado de Shostakóvich. Y a la postre, precisamente por su austeridad de medios, más que sobrecoger, hiela.

Última reposición de un clásico
Al día siguiente, en el mismo escenario, la Komische Oper ofrecía la última reposición de una producción ya icónica, el Eugene Onegin escenificado también por Barrie Kosky, quien fuera director artístico de este teatro entre 2008 y 2022. Su propuesta escénica -estrenada en 2016- es excelente desde todo punto de vista. Como sucediera en la comentada Lady Macbeth, la dirección de actores es prodigiosa, delineando a cada personaje con extraordinario acierto. Todo el concepto teatral fascina por su organicidad y su belleza, ahondando en las resonancias pastorales de una tragedia pequeñoburguesa.
En el foso volvió a convencer James Gaffigan, fraseando con gusto y con intensidad una partitura que contiene páginas realmente arrebatadoras. El elenco estuvo encabezado por el barítono Hubert Zapiór, una voz sin duda a seguir de cerca, como ya mencioné al hilo de su Don Giovanni en este mismo escenario. A la belleza y franqueza de su timbre, Zapiór añade también una excelente desenvoltura escénica, redondeando aquí un Onegin plenamente creíble. La soprano Penny Sofroniadou hizo todo lo posible para convencer como Tatiana aunque el rol a veces pareció pesar demasiado para su instrumento, de corte más liviano. Del resto del elenco destacó el esmeradísimo Lensky de Oleksiy Palchykov, también una voz a tener en cuenta; de bello timbre, perfectamente resuelto en el agudo, tanto su célebre 'Kuda, kuda' como su dúo con Onegin, justo antes del duelo, fueron sobrecogedores.
Fotos: © Monika Rittershaus