Aida_liceu_estreno26_f.jpg© Sergi Panizo | Gran Teatre del Liceu

La guerra y las pasiones íntimas

Barcelona. 25/09/2026. Gran Teatre del Liceu. Verdi: Aida. Anna Netrebko (Aida). Ivan Gyngazov (Radames). Ekaterina Semenchuk (Amneris). Artur Rucinski (Amonasro) y otros. Antonello Manacorda, dirección musical. Shirin Neshat, dirección de escena..

Quien nos iba a decir, hace apenas diez o doce años, que lo más notable de una representación de Aida en el Liceu vendría del foso del teatro… Incidiré más tarde en ello, pero vaya por delante que la dirección de Antonello Manacorda fue, con mucho, lo mejor de una velada notable. 

Sea como fuere, se marchó Josep Pons, se va también ahora Salvador Alemany, y hay que reconocer que con la salida de ambos se cierra de manera simbólica un ciclo en el que el coliseo catalán ha consolidado la estabilidad tanto de sus cuerpos estables como de su economía. 

Para abrir esta temporada 26/27, el Liceu ha apostado por la Aida firmada por Shirin Neshat, estrenada primeramente en Salzburgo en agosto de 2017, precisamente allí con el debut de Anna Netrebko en el rol protagonista, bajo la batuta de Riccardo Muti. La producción se revisó después para las representaciones de la Ópera de París, en septiembre del año pasado.

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Desde su estreno hace casi diez años, la producción de Neshat ha cambiado significativamente. La propia artista habla de su propuesta, en el programa de mano, como una "obra viva, capaz de incorporar las realidades históricas que atravesamos". El personaje principal ha dejado atrás toda su apariencia tribal para figurarse más bien de un modo austero, vestida de negro, perfilando con ello una Aida servil y víctima, que parece estar de luto por el destino de los suyos. Es una evolución plausible y razonable, habida cuenta de los movimientos por la libertad de las mujeres en Irán, país de origen de Neshat.

Neshat también ha introducido unas discutibles y tediosas performances durante las pausas entre actos. La escenografía de Christian Schmidt, con esa gran estructura que se emplea también como fondo para las proyecciones, tenía más sentido en espacios abiertos y con mayor perspectiva que el Liceu, como el Grossesfestpielhaus de Salzburgo o la Ópera de Bastilla en París. La iluminación de Felice Ross resulta muy desigual, con algunos hallazgos en los cuadros más íntimos pero con un trabajo muy plano y frío en las grandes escenas corales.

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En el trabajo de Neshat hay algunas imágenes de indudable impacto plástico, hay momentos de poesía y efectismo visual, pero la tónica general de la propuesta es bastante tediosa. La dirección de actores es parca y tiende al estatismo (caso de Radames) o a la sobreactuación (caso de Aida, coreografíada en exceso, demasiado danzante). Y queda la final la pregunta sobre la dramaturgia de su propuesta, que desde luego no termina de abrazar la cuestión de la guerra y la violencia con la crudeza que cabría esperar. Estas cuestiones, de nuevo en el programa de mano, aparecen como las preocupaciones mayores de Neshat, quien precisamente como artista visual podría haber incorporado un trabajo más fino y elaborado en torno a los conflictos bélicos actuales, desde Ucrania a Irán pasando por situaciones de urgencia humanitaria como lo sucedido recientemente en Ceuta. A la postre la producción firmada por Shirin Neshat resulta un quiero y no puedo y se antoja insuficiente a la hora de poner el dedo en la yaga. Las intenciones que sostienen la propuesta tienen todo el crédito, pero el resultado final dista mucho de convencer.

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A sus 55 años de edad, la trayectoria de Anna Netrebko está hecha; su lugar en la historia de la lírica está asegurado. Polémicas de índole política a un lado -todavía hubo algunos manifestantes protestando su presencia a la entrada del Liceu-, lo cierto es que la soprano rusa ha sido y es una de las voces más importantes de las últimas décadas. Más allá de esta evidencia, cosa distinta es valorar si sigue teniendo el mismo interés vocal y dramático que hace unos años. Para mí, les soy sincero, cada vez menos, sobre todo por esa tendencia creciente a oscurecer el instrumento. Y digo tendencia porque lo cierto es que su voz sigue sonando luminosa y brillante arriba, donde reside el mayor interés actual de su canto. Pero cuando la voz se entuba y se oscurece, el instrumento pierde homogeneidad y belleza de manera innegable.

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Dicho todo esto, al César lo que es del César: Netrebko clavó las páginas donde se esperaba su máximo rendimiento. Fue el caso de un ‘O patria mía’ cincelado con gusto, abundando en unos sonidos sostenidos a placer, de nítida presencia y regulados con pasmosa facilidad. También mostró el temperamento justo en ‘Ritorna vincitor’, con una voz todavía carburando entonces. Netrebko desplegó lo mejor de su arte en un tercer acto intenso y donde cantó, con mayúsculas, en los sucesivos dúos con Amonasro y Radames. 

En resumen, Netrebko es y sigue siendo Netrebko, con instantes de carisma y grandeza que se alternan con otros pasajes de más palmaria rutina y capricho, un tanto sobreactuada a veces, aunque es imposible no rendirse ante al hechizo de un instrumento que, cuando da en el clavo, recuerda a las grandes sopranos de otro tiempo.

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Ivan Gyngazov debutó en el Liceu el pasado mes de marzo como Des Grieux en Manon Lescaut, junto a Asmik Grigorian. Joan Sebastià Colomer dijo entonces en su crónica: “se le vio siempre seguro técnicamente y su voz consiguió superar cómodamente la orquesta, pero fraseó poco y no dio carácter a su personaje ni a nivel actoral ni a nivel vocal. Fiable es lo bueno que se puede decir de su desempeño”. Exactamente lo mismo sucedió con este Radames -en sustitución de Yusif Eyvazov-, un rol exigente que Gyngazov resuelve sin tensiones, con una voz grande y que pasa la orquesta sin problemas. Pero a nivel actoral y expresivo es evidente que a Gyngazov le queda mucho margen de mejora.

Ekaterina Semenchuk acumula ya muchos galones, con una trayectoria tan extensa como intensa, alternando sin mayor problema roles tan exigentes como Azucena, Turandot o esta Amneris, donde volvió a demostrar que se puede cantar ese rol con elegancia y con pujanza, haciendo de la intencionalidad con el libreto su mayor baza. Bajo mi punto de vista Semenchuk firmó una Amneris irreprochable.

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El barítono polaco Artur Rucinski mostró mejores condiciones vocales que en el Conde de Luna del pasado mes de junio en el Teatro Real. Aunque la voz tiende a ser cada vez más mate, como si hubiera perdido brillo, Rucinski cantó con aplomo y dramatismo, contribuyendo a elevar la tensión del tercer acto de la representación.

Compacto el resto del elenco, destacando el buen hacer del Ramfis de Alexander Köpeczi, de voz rotunda y bien timbrada, con adecuada presencia escénica y esmerado fraseo. Un punto por debajo sonó el Rey de George Andguladze, de timbre más áspero y menos rotundo. Buena labor, como acostumbra, la de Moisés Marín como Mensajero, y adecuadas prestaciones de Carmen Buendía como Sacerdotisa.

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Dejo para el final lo que apunté al principio y que supuso el mayor atractivo de la noche, la dirección musical de Antonello Manacorda. Qué gusto escuchar una Aida narrativa, teatral de principio a fin, sin pasajes estentóreos, buscando la miniatura y lo camerístico, abundando en un juego riquísimo de balances y dinámicas. El tercer acto fue extraordinario, desgranando los sucesivos dúos con un poso, una tensión y una teatralidad de primer orden. Manacorda renuncia a una Aida monumental y entiende como pocos hasta qué punto Verdi juega aquí la carta de un drama intenso, de pasiones íntimas que se entretejen a la luz de los grandes conflictos geopolíticos que sirven como telón de fondo. Manacorda extrajo unas prestaciones sobresalientes de la orquesta del Liceu, cuidando cada entrada y cada articulación con una precisión admirable. Ojalá no sea la última vez con este director en el foso del coliseo catalán. El coro titular del Liceu también rindió a gran nivel, más allá de algún puntual desajuste.

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Un comentario final, a modo de reflexión. Es perfectamente defendible que un coliseo como el Gran Teatre del Liceu, con una implantación tan amplia entre la sociedad civil catalana, afronte el estreno de su temporada con una representación sin venta abierta al público y en la que todo el aforo corresponde a invitados de diversa condición, desde personalidades institucionales a celebrities de todo tipo, pasando por creadores culturales, patronos, mecenas y un largo etcétera, incluida por supuesto la prensa invitada a cubrir el evento. Ahora bien, no me negarán que todo ese público acude digamos un tanto condicionado de antemano por la invitación. Digo esto porque la reacción del respetable, tanto en positivo como en negativo, fue más tibia de lo que hubiera sido en el caso de contar con un público, digamos, ‘real’ en las butacas. Seguramente el teatro se hubiera venido abajo con Netrebko de un modo que no lo hizo anoche. Y seguramente también la producción de Neshat hubiera cosechado algún sonoro abucheo, cosa que tampoco sucedió anoche -apenas hubo dos o tres conatos de pálida protesta-. En fin, es tan solo una reflexión, para que valoremos que la reacción del público anoche congregado venía, de un modo u otro, condicionada por el evento social propiciado.

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© Sergi Panizo | Gran Teatre del Liceu