© Javier del Real | Teatro Real
Un tenor al rescate
Madrid. 29/06/2026. Teatro Real. Verdi: Il trovatore. Piotr Beczala (Manrico). Marina Rebeka (Leonora). Artur Rucinski (Conde de Luna). Ksenia Dudnikova (Azucena) y otros. Nicola Luisotti, dirección musical. Francisco Negrín, dirección de escena.
Como broche a la presente temporada el Teatro Real presenta nada menos que 17 representaciones de Il trovatore, un título ciertamente popular pero al que es sumamente difícil hacer justicia. Siguiendo con una práctica ya extendida durante sus años en el Liceu, Joan Matabosch apuesta por títulos de esta índole (Aida, Tosca…), para ocupar el tramo final de la temporada coincidiendo la llegada de las fechas estivales, en la búsqueda también de un público diverso, seguramente foráneo, que pueda sumar la ópera a sus planes vacacionales en Madrid. Hasta aquí todo tiene sentido pero a menudo la estrategia pasa por reponer producciones que han de amortizarse y que no siempre han sido afortunadas en años precedentes.
Es el caso de esta producción firmada por Francisco Negrin, y que ya pudimos ver en estas mismas tablas en el año 2019. Su propuesta lo mismo vale hoy para escenificar Il trovatore que serviría mañana para montar un Don Carlo. Tal es la falta de genuina sustancia teatral de una producción que es poco más que un contenedor oscuro, obsesionado con el fuego -ruidoso cada vez que irrumpe como facilón efecto teatral- y sin atisbo alguno de dramaturgia. La dirección de actores brilla por su ausencia y la representación, en términos teatrales, carece del más mínimo interés.
En el foso la dirección musical de Nicola Luisotti fue sustancialmente efectista. También fue narrativa y teatral en ocasiones pero, las más de las veces, el maestro italiano tendió a primar el efecto sonoro por encima del calado emocional. Faltó melodrama y más allá de algunos momentos inspirados -como el acompañamiento en 'D'amor sull'ali rosee' o el bello dúo entre Azucena y Manrico ('Sì, la stanchezza m'opprime, o figlio'), la representación no terminó nunca de alzar el vuelo, en consonancia con lo visto sobre la tablas. La orquesta titular del Teatro Real ha tenido mejores desempeños durante la presente temporada. Anoche todo sonó en su sitio aunque con una articulación demasiado inane y con unas cuerdas que no terminaron de encontrar su voz. Mejor labor llevó a cabo el coro titular del coliseo madrileño, tendiendo a mostrar más volumen del necesario, pero sonando expresivo y haciendo inteligible su texto.
En términos vocales la velada se la llevó de calle el tenor polaco Piotr Beczala, un cantante en lo más dulce de su madurez vocal, capaz de cantar en una misma temporada roles tan dispares como Lohengrin, Andrea Chénier o este Manrico que nos ocupa. La voz de Beczala, sonora e íntegra, proyectada con naturalidad y sin aparente sobreesfuerzo, se paseó por el rol como si estuviera escrito para él. De aliento amplio, su 'Ah, si, ben mio' fue un derroche de canto expresivo, más allá de un innecesario agudo interpuesto en la conclusión de la página. Cantada medio tono por debajo de como está escrita, la esperada 'Pira' sonó poderosa y firme, con un agudo bien timbrado. Lo mejor de Beczala, en todo caso, fueron los dúos con Azucena y toda la parte final de la ópera, donde realmente dejó entrever a un personaje construido a base de acentos e inflexiones sutiles en el fraseo. Bravísimo el cantante polaco, ya digo, en un estado de forma realmente envidiable.

A su lado la Leonora de Marina Rebeka tardó un tanto en mostrar todas sus cartas, con un instrumento algo destemplado en su aria de salida. La cantante letona, sin embargo, no tardó en caldear sus medios y estuvo mucho mejor en la posterior cabaletta ('Di tale amor, che dirsi'). A partir de ahí todo fue rodado, apostando Rebeka por el lado más belcantista del rol, ahondando en un fraseo elegíaco y bien timbrado, regulando sus medios a placer y con un agudo cada vez más firme conforme avanzó la representación. Rebeka bordó su gran escena ('D'amor sull'ali rosee') seguida de un vibrante 'Miserere' y coronada por una cabaletta ('Tu vedrai che amore in terra') algo tensa pero resuelta con fortuna.

El segundo cantante polaco de la velada era el barítono Artur Ruciński. Algo no terminaba de funcionar en regla anoche con su instrumento, habida cuenta de los muchos sonidos estrangulados que ofreció. Ruciński siempre ha sido una garantía para este tipo de papeles -le recuerdo bien cantando este mismo rol en Salzburgo, allá por 2014, sustituyendo entonces a un tocado Plácido Domingo-. Anoche cantó ciertamente con empaque e intención pero el instrumento, ya digo, no mostró la debida frescura. La tendencia del polaco a hilar grandes frases en un mismo aliento, alla Cappuccilli, podrá ser un logro atlético pero no siempre es un acierto estético. Dicho esto, su rendición de 'Il balen' fue lo mejor de su intervención en una noche que dejó, en su caso, un sabor agridulce.

Completando el cuarteto protagonista, la mezzosoprano de origen uzbeko Ksenia Dudnikova presentó una Azucena muy bien cantada, desgranada con gusto y buenos acentos pero por lo general falta de garra y con algunas tensiones en los extremos vocales de su parte. Me gustó especialmente la tensión que logró sostener de la mano de Luisotti en el inicio del duetto 'Sì, la stanchezza m'opprime, o figlio', ya en el último acto. A tenor de lo escuchado anoche se intuye que su Azucena irá creciendo y asentándose conforme avancen las funciones.
Con respecto al resto del elenco, cumplió el bajo Krzysztof Bączyk como Ferrando, más allá de algún atropello con las notas más cortas de su parte. Rocío Faus cantó con gusto la parte de Inés, quizá algo grave para sus medios. Y nada que objetar al buen hacer de Fabián Lara como Ruiz y Moisés Marín como mensajero.
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