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Gezeichneten Bayerische2017

Pinchar en hueso

Múnich. 04/07/2017. Bayerische Staatsoper. Schreker: Die Gezeichneten. John Daszak, Catherine Naglestad, Christopher Maltman, Tomasz Konieczny, Alastair Miles. Dir. de escena: Krzysztof Warlikowski. Dir. musical: Ingo Metzmacher.

No todo iban a ser bendiciones en Múnich. Incluso el mejor teatro del mundo pincha en hueso en alguna ocasión. Como inauguración de la presente edición de su flamante Festival de verano, la Bayerische Staatsoper había previsto una nueva producción de Die Gezeichneten de Franz Schreker, título que -no sin imprecisión- se viene traduciendo como “Los estigmatizados”. Su autor fue uno más, y sin duda uno de los más significados, de esa corriente musical que el nazismo tachó y condenó como “música degenerada” (Entartete Musik). La misma deformidad del protagonista de Die Gezeichneten, así como el desenfreno que parece desarrollarse en el Elysium, abonaron el terreno aún más para que esta partitura fuese presa de la censura y el olvido, hasta su recuperación en fecha tardía, en 1979, en la Ópera de Frankfurt -precisamente donde había sido estrenada en 1918- y gracias a los esfuerzos de Michael Gielen. Aunque hubo más representaciones en otros teatros, el verdadero revival del título tuvo lugar no obstante varias décadas después, en fecha relativamente cercana, cuando el Festival de Salzburgo la puso en valor en 2005, en una producción de Nikolaus Lehnhoff y bajo la batuta de Kent Nagano. Desde entonces son aún pocos los teatros que han apostado por ella (la Ópera de Lyon lo hizo hace un par de temporadas). A la presente apuesta de la Bayerische Staatsoper se sumará en 2018 la Komische Oper de Berlín, en una nueva producción firmada por Calixto Bieito.

Sea como fuere, y partiendo pues de cuanto hay de loable en la apuesta del coliseo muniqués por este título, el resultado final ha dejado un tanto que desear. Y eso que a priori los mimbres dispuestos no apuntaban una impresión tan decepcionante. Comenzando por la batuta encargada de estas funciones, el alemán Ingo Metzmacher, más o menos especializado en la música de estas décadas. Su labor quedó francamente por debajo de lo expuesto con Die Soldaten en Milán o con Die Eroberung von Mexico en Salzburgo, por citar dos de sus mejores trabajos en los últimos años. 

Su dirección en Múnich fue un tanto alborotada y grisácea, sin la debida transparencia, falta por lo general de una personalidad genuina, precisamente lo que requiere una partitura ya de por sí compleja y por momentos un tanto arremolinada, en la que hace falta poner luz y claridad. Afortunadamente el excelente desempeño de la orquesta titular del teatro contribuyó notablemente a matizar el tono un tanto anodino de la batuta de Metzmacher, a la que faltó sobre todo dinamismo y una coloración más viva y variada.

En todo caso, el mayor sinsabor lo deparó la propuesta escénica de Krzysztof Warlikowski, en una suerte de déjà vu, como si una vez más el regista polaco jugase a expiar en escena sus propias neuras y obsesiones, en un desarrollo escenográfico (Malgorzata Szczesniak) demasiado parejo al que ya le hemos visto en otros títulos (en Die Frau ohne Schatten, también repuesta estos días en Múnich, sin ir más lejos). Warlikowkski, por descontado, desplaza la acción del Renacimiento original donde se desarrolla, lo cual no debiera ser un demérito en sí mismo. El mundo disoluto de las altas clases sociales se traslada así a un mundo de ejecutivos en traje y corbata, donde la creatividad del protagonista y todo el trasunto de la pintura en el caso de Carlotta queda en un tanto en entredicho. Y es que como sucedía con la dirección musical de Metzmacher, Warlikowski no contribuye precisamente a incorporar luz y claridad en un libreto ya de por sí bastante complejo y enrevesado. Al reanudarse la ópera tras el intermedio, el propio John Daszak en el papel de Alvino aparece en escena al modo del humorista Eugenio, con un micrófono, un cigarro en una mano y un vaso de tubo en la otra, entonando un monólogo haciendo las veces del propio compositor, que habla de sí mismo y su obra, en un tono decadente y provocador.

Toda la representación transcurre con un tono plagado de ambigüedades, bordeando el surrealismo. A ello contribuye todo el último cuadro, donde vemos una multitud de figurantes con cabezas de ratón, en aparente referencia al texto de Kafa Josefine, die Sängerin oder Das Vok der Mäuse. Vemos también una recreación de Rabbits de David Lynch. Y la propuesta está adornada aquí también con atinadas proyecciones de El Golem (1920) de Paul Wagener y Carl Boese, Frankestein (1931) de James Whale, El fantasma de la ópera (1925) de Rupert Julian y Nosferatu (1922) de Murnau. En suma podría decirse, en lo positivo, que Warlikowski plantea su propuesta como una suerte de kitsch elogio de la decadencia. Sin embargo, los medios para llevarnos por esa senda son a menudo dispares, un tanto pretencioso e intelectualoides. 

Tampoco el reparto reunido en esta ocasión contribuyó a elevar el tono de la representación. Aunque suficiente, ninguno de los intérpretes ofreció algo verdaderamente singular en sus interpretaciones. John Daszak (Alvino) parece haberse abonado a la nómina de personajes deformes, a tenor de este título y de las pasadas funciones de Bomarzo en el Teatro Real, donde se mostró más en forma. Aquí la voz sonó más cansada y tensa en el agudo, menos desahogado en términos generales, al margen de su intachable compromiso escénico con la propuesta. Tampoco Catherine Naglestad (Carlotta Nardi) exhibió un instrumento en forma, con un ascenso agrio al agudo y un centro que ha perdido ya la amplitud y belleza de antaño. Si acaso fue Christopher Maltman (Vitellozzo Tamare) la voz más en forma, de nuevo impecable en su desempeño escénico y con un instrumento tan noble y sonoro como mate, por desgracia. Rudo, como es en él habitual, el Antoniotto Adorno de Tomasz Konieczny, convincente no obstante a la hora de desarrollar la personalidad del personaje aquí encomendado a su voz. Hace ya tiempo que Alistair Miles (Lodovico Nardi) pasó sus mejores días y la voz que hoy exhibe es un reflejo pálido y casi caricaturesco de lo que es un bajo propiamente dicho.

 

 

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