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Gergiev BerlinerPhilharmoniker18 

Iridiscencias rusas

Berlín. 08/12/2018. Philharmonie. Obras de Debussy, Rimsky-Kórsakov, Prokofiev y Stravinsky. Berliner Philharmoniker. Dir. musical: Valery Gergiev.

Les podrá parecer una boutade, pero quizá donde mejor se mide el talento de una batuta es en algo tan engañosa y aparentemente sencillo como un vals. Valery Gergiev, de quien algunos tienen la equivocada imagen de ser un maestro severo y autoritario, se mostró refinadísimo y sumamente talentoso con la selección de fragmentos de la Cenicienta de Prokofiev, un ballet estrenado en 1945, que escuchamos en este concierto. La selección incluía precisamente un sublime vals, el que el compositor ruso incluyó en el segundo acto de esta partitura. En concreto me refiero al intitulado como Walzer-Coda, el número 37 de esta composición, una precipitación tan vertiginosa como poética, con una fuerza dramática evidente, que fluyó en manos de Gergiev con una realización superlativa, justo antes de hundirse sin solución de continuidad en la teatral resolución del último número de esta partitura, la Medianoche (n. 38), con esos atinados golpes de la caja china marcando las horas. Gergiev hizo teatro haciendo música, de una manera extraordinaria.

Lo crean o no la Filarmónica de Berlín no había interpretado nunca antes esta música, más allá de la Suite N. 1 Op. 107, de la que Riccardo Muti incorporó algunos pasajes en unos conciertos, ya lejanos, de 1988. Gergiev proponía en esta ocasión una personal y atinada selección de los mejores fragmentos del ballet, en concreto de sus dos primeros actos. Todo el programa de esta velada, de hecho, tenía un cierto halo de novedad. Y es que se interpretaba también la Suite de El gallo de oro de Rimsky-Kórsakov, con música de su ópera homónima, que pudimos ver en el Teatro Real hace apenas año y medio, dicho sea de paso. Gergiev demostró aquí sus enormes capacidades, apostando por una música desconocida para el público local y para los propios filarmónicos, quienes respondieron con arrojo y entrega indudables. El resultado fue una versión sobresaliente, de sonido expresivo y pulcro, con momentos de verdadera sofisticación y virtuosismo. Esta obra solo se había interpretado una vez en la historia de la Filarmónica de Berlín, en 1920 bajo la batuta de Hermann Henze.

La velada se redondeaba con dos partituras más, dos auténticos clásicos: El preludio a la siesta de un fauno de Debussy y El pájaro de fuego de Stravinsky. Gergiev hizo gala aquí de su lado más franco, llegando a lecturas de hondo calado sin necesidad de grandes ademanes. Escuchamos así un Debussy iridescente, que parecía servir de espejo, abriendo el programa del concierto, a todos los coloristas ecos rusos que se iban a escuchar después. Con El pájaro de fuego (en su versión de 1919) tanto el maestro ruso como la Filarmónica de Berlín hicieron honores a las altas expectativas que ambos despiertan en el público. Contra todo pronóstico, los Berliner no habían interpretado esta partitura desde 2003, entonces con Mariss Jansons. La ofrecida en esta ocasión fue una apabullante lectura, exultante a todas luces, sirviendo un mosaico colorista y sumamente expresivo, sublimando la fuerza con una naturalidad admirable. Los pelos de punta, créanme, al escuchar en sus manos compases tan célebres como los de la Danza infernal de esta genial partitura de Stravinsky. En suma, un concierto redondo, de esos que desmienten que Gergiev se dedique a abarcar mucho y apretar poco. 

 

 

 

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