PAGLIACCI opERA OVIEDO

La commedia non è finita!

Oviedo. 15/12/2019. Teatro Campoamor. Ruggero Leoncavallo y Alexander Zemlinsky: Pagliacci y Una tragedia Florentina. María Katzarava y Maite Alberola (Nedda y Bianca), Diego Torre (Canio y Guido Bardi), John Lundgren y Robert Mellon (Tonio, Prólogo y Simone), Juan Noval Moro (Beppe), Isaac Galán (Silvio) Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Guy Joosten, dirección de escena. Will Humburg, dirección musical.

“Well, what did you expect in an opera, a happy ending?” Esto ya nos lo alertó Bugs Bunny allá por 1979 en la película de Warner Bros “Great American Chase”. Y es que, si le disgustan las historias dramáticas, posiblemente la ópera no sea lo suyo. Pensemos, por ejemplo, en Madama Butterfly donde todo parece ir bien hasta que Cio Cio San choca con la realidad y termina suicidándose. O en Rigoletto donde una cruel maldición lleva al bufón a matar, por error, a su propia hija. Pagliacci no se queda atrás, y Leoncavallo retrata en ella el carácter brutal de un personaje tosco y aficionado a la taberna como es Canio. Un Otelo “de pueblo” que encuentra en el despechado Tonio a su particular Yago y termina por castigar el adulterio de su mujer apuñalándola ante los ojos de todo el público.

Y Nedda muere apuñalada, entre otras cosas, porque tiene la valentía de no desvelar el nombre de su amante hasta el final. La valentía que él no tuvo para descubrirse antes y tratar de salvarla. Nedda es, por todo ello y pese a sus circunstancias, una heroína inmortalizada por su muerte escénica. En esto difiere mucho la opinión que el regista Guy Joosten parece tener sobre la obra, y que ha plasmado en su discreto trabajo como director de escena en esta producción ovetense de “Pagliacci” y “Una tragedia florentina”. En ella, Joosten, ha optado por recrear el interior del propio Teatro Campoamor, tratando de potenciar esa idea de “obra dentro de la obra” que Leoncavallo tuvo en mente a la hora de escribir y musicar su propio libreto. Si bien desde el punto de vista visual este recurso resulta agradable o “curioso” al primer golpe de vista, lo cierto es que sus posibilidades se agotan muy rápidamente, cumpliendo de forma modesta en Pagliacci y careciendo de sentido y efectividad en la segunda obra de la noche firmada por Alexander von Zemlinsky donde el libreto, ya de por sí escrito en alemán, unido a la visión de una enorme espada que mágicamente desciende del cielo contribuyeron más a trasladarnos al universo wagneriano que a la itálica Florencia.

Desde el punto de vista vocal, este doble programa, junto al de Un ballo in maschera y Lucia di Lammermoor, forma parte de los elegidos por la Ópera de Oviedo para su iniciativa “Viernes de ópera” y, por tanto, contó con dos repartos para abordar los roles principales. El primer de ellos vino protagonizado por el tenor Diego Torre, quien afrontó con oficio sus no demasiado numerosas intervenciones asumiendo el rol de Guido Bardi en Una tragedia florentina e interpretó con entrega el famosísimo papel de Canio en Pagliacci. Un tenor honesto Torre, en mi opinión, que ofrece al público todo lo que sus medios le permiten, ofreciendo así una voz de timbre broncíneo a la que quizás cabría pedirle una mayor intencionalidad en su fraseo y una dicción algo más contrastada. Amen, eso sí, de una notable presencia escénica con la que logra captar la atención del público y emocionarlo. La mexicana María Katzarava, por su parte, abordó con gran solvencia el rol de Nedda, siendo propietaria de una voz con un peso y un color más que suficientes para abordar este rol escrito para lírico-spinto, encontrándose ese matiz de lírico cada vez más alejado de la voz de la mexicana, que parece avanzar con firmeza hacia roles más dramáticos. Si bien, esto no fue inconveniente para que se desenvolviera con suficiente soltura en las agilidades de su aria “Stridono lassù” y quizás le aportara un plus a la hora de interpretar a Bianca en la obra de Zemlinksy, un rol que, dentro de la escasa programación de este título, ya ha sido cubierto numerosas veces por mezzosopranos.

Cerrando el cast protagónico del primer reparto debemos hablar del bajo barítono John Lundgren, quien se vio en algunas inseguridades con el tercio agudo encarnando a Tonio y el Prólogo pero que se demostró notablemente más cómodo como Simone en Una tragedia Florentina, en la que Lundgren se demostró un cantante de medios generosos canalizados a través de una sonoridad densa y notablemente oscura.  Ya durante el segundo reparto, el trabajo de Lundgren recayó en el barítono Robert Mellon, de cuyas características vocales podríamos decir casi lo opuesto, siendo Mellon un cantante de vocalidad mucho más ligera capaz de agilidad y solvencia a la hora de escalar hasta las notas más agudas, pero falto de presencia para los momentos más rotundos que se encuentran previstos en la Tragedia Florentina.

Tras la indisposición a última hora del tenor Konstantin Andreiev, que llevó a Torre a interpretar nuevamente el rol de Canio el pasado viernes, la última diferencia entre los dos repartos pasó por la presencia de Maite Alberola quien selló una brillante noche como una Nedda de medios generosos, agudos squillantes y un magnetismo escénico realmente envidiable que la llevó a confirmarse como la indiscutible triunfadora de la noche del pasado viernes.

Cerrando el reparto que estuvo presente durante todas las representaciones, Isaac Galán, selló un acertado Silvio, mientras que Juan Noval-Moro se confirmó como un excelente Beppe de voz poderosa y muy bien timbrada al que, pese a ser aplaudido durante su aria como Arlequín, nos abría visto ver en un papel de mayor extensión.

Desde el foso, podríamos describir, generosamente, la labor de Will Humburg a la batuta de la Oviedo Filarmonía como “irregular”, basándonos en lo escuchado en la función de estreno del domingo 15 de diciembre, la del martes 17 y la del viernes 20, a las que pude asistir encontrándome entre ellas con notables diferencias en cuanto a la uniformidad y la calidad del sonido obtenido desde el foso. De gesto impulsivo, Humburg se esforzó por sellar una versión con carácter e intensidad pero que se vio lastrada por varios momentos más o menos “caóticos” en cuanto a tiempos y sincronización entre el foso y el escenario, repartidos entre las tres funciones, aunque con especial presencia en la del pasado viernes. El Coro de la Ópera de Oviedo, por su parte, cantó con su oficio habitual dentro del cual quizás cabría demandar una mayor capacidad de matización que, bien por la propia partitura o bien por su dirección, quedó reducida a un forte prácticamente permanente. Sea como fuere, tendremos la oportunidad de escucharlos de nuevo durante sus múltiples intervenciones en Lucia de Lammermoor, la próxima y última ópera programada en Oviedo para esta temporada y que vendrá a cerrar un ciclo más que ahora podemos considerar “de transición” entre lo decidido por su anterior director: Javier Menéndez y lo que irá programando el actual: Celestino Varela.

Foto: Ópera de Oviedo.

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