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Lohengrin Dresde

Respuestas

Dresde. 29/05/2016. Semperoper. Wagner: Lohengrin. Piotr Beczala (Lohengrin), Anna Netrebko (Elsa), Evelyn Herlitzius (Ortrud), Tomasz Konieczny (Telramund), Georg Zeppenfeld (Heinrich) y otros. Dir. de escena: Christine Mielitz

De alguna manera toda la acción que se desarrolla en Lohengrin se reduce a un juego de preguntas que buscan respuestas. Estas representaciones de Lohengrin en Dresde, tan sólo cuatro, eran en sí mismas un conjunto de interrogantes abiertos que sólo hoy podemos responder. Y es que se trataba del doble debut con Wagner del tenor Piotr Beczala y la soprano Anna Netrebko. No sólo debutaban como Lohengrin y Elsa respectivamente sino que se encontraban por vez primera con la obra del genio alemán, en una plaza de la entidad de Dresde y en manos de un especialista en este repertorio, Christian Thielemann, quizá en horas bajas durante la última temporada. Tales eran las preguntas. Vayamos pues con las respuestas. 

Piotr Beczala presta su voz a un Lohengrin bellísimamente cantado y muy meritorio, quizá un punto indolente, pero sobresaliente a todas luces para tratarse de su primer encuentro con el papel y con la obra de Wagner.  El suyo es desde luego un Lohengrin de corte belcantista, más apoyado en la línea de canto, bellísima, que en la articulación del texto, algo en lo que a buen seguro incidirá conforme madure su acercamiento al papel. Lo que más convence es la inmediata adecuación del color de su timbre a la naturaleza del personaje, así como la seguridad de la emisión, que gustará más o menos pero resuelve la tesitura del papel con insultante facilidad. Valiosísimo debut, pues, para el tenor polaco, que no sería descabellado que se plantease también otras partes wagnerianas como Erik en El holandés errante, Walther en Los maestros cantores o el propio protagonista de Parsifal.

En el caso del debut de Anna Netrebko como Elsa cabe quitarse el sombrero, sobre todo, ante su valentía y seguridad. La soprano rusa se pone el mundo por montera y cree en sí misma por encima de todo lo demás. Eso no siempre le trae dichas, sino desencuentros como el que ha desencadenado su renuncia a debutar cono Norma el año próximo en Londres.  Pero nadie podrá negar que Netrebko ha decidido labrar su propio camino, en contra de senderos preestablecidos. Ya sorprendió a proipios y a extraños con su Lady Macbeth de Verdi y ahora lo ha vuelto a hacer con su primer Wagner, que es también su primer papel en alemán. Nada más irrumpir en escena vuelve a cautivar Netrebko por un magnetismo de los que hacen época, incontestable y decidida. El timbre es deslumbrante, suntuoso y esmaltado, todavía un punto luminoso, reluciente en las medias voces. Con cada intervención demuestra haber estudiado la parte con ahínco y detalle, bordando una Elsa imperial.

Cuando escuché a Netrebko debutar con la Lady Macbeth de Verdi, hace ya un par de años, recuerdo decirle a un amigo que Anna Netrebko tenía en su garganta, esperando agazapada, una Isolde memorable. Tiempo al tiempo… Tras Elsa -que la llevará a debutar en Bayreuth en 2018- no debería tardar en encontrarse con Sieglinde y Kundry, dos papeles que puede resolver sin mayor complicación. Si llega el día en el que Netrebko cante Isolda en Bayreuth, nada descabellado visto lo visto, la mítica colina puede hundirse bajo sus propios cimientos.

Pero es que todo el reparto ha sido extraordinario en estas representaciones. Quizá la más insultante del cuarteto vocal protagonista haya sido Evelyn Herlitzius como Orturd, superior a sí misma en anteriores recreaciones del rol, descollante, con un timbre gigantesco y brillante, menos agrio que antaño, de un poderío feroz, visceral, verdaderamente desatada en escena, como una perra en celo. El dúo que sostiene con Netrebko en el segundo acto es sin duda uno de los momentos más incandescentes de la velada. Al lado de Herlitzius, Tomasz Konieczny funciona a las mil maravillas como Telramund. Si la naturaleza osca de su timbre le impedía ser un Wotan convincente, su instrumento cuadra a la perfección con partes como esta o como la de Alberich. Remata el cartel el extraordinario hacer de George Zeppenfeld como Heinrich, con una voz de bajo dúctil, fácil, con el equilibrio justo entre la desenvoltura del agudo y la contundencia del grave. Derek Welton fue un Heraldo firme aunque de emisión todavía un tanto inmadura.

Confieso que llegaba a estas funciones con un cierto escepticismo en torno a Christian Thielemann. Sobre todo por el adocenamiento demostrado esta temporada en su Walküre (Dresde), su Otello (Salzburgo) o su Hänsel und Gretel (Viena), a franca distancia de sus mejores trabajos del último lustro (una memorable Ariadne en Viena, una monumental Elektra en Dresde o una Arabella delicada, también en Dresde). Como bien me comentaba un amigo, en torno a estas funcione sede Lohengrin, estamos ante el mejor Wagner que Thielemann puede ofrecer. Y eso supone, al mismo tiempo, un elogio y una crítica. Elogio, por descontado, por la espectacularidad de la recreación, y crítica en la medida en no hay en Thielemann la imaginación de un Petrenko ni tampoco el sentido dramático de un Barenboim.

Y es que Thielemann es, para bien y para mal, el último representante de una tradición y sobre todo de un concepto, ese en el que se encontraban personalidades tan dispares como Karajan o Solti, que acuñó el sonido como un fin en sí mismo, en una perspectiva casi sinfónica del drama musical. Thielemann prioriza así la sonoridad por encima del drama. Y lo hace, afortunadamente, abundando en un discurso orquestal vibrante, de tiempos ágiles, que a la postre resulta narrativo y marcial. El resultado, en conjunto, es el de un sonido suntuoso, grandioso y apabullante por momentos, mucho más aparente que profundo, falto por momentos de magia, de enigma, de melancolía… Hay en su Lohengrin firmeza pero nunca brusquedad, sin precipitarse en ese horizonte casi grosero al que llevo su Walkiria. La concertación es poderosa y está al servicio de una grandilocuencia buscada y, esta vez sí, bien medida. La Staatskapelle de Dresde responde con una preciada infalibilidad, capaz de moverse con igual fortuna entre lo etéreo y lo suntuoso, ofreciendo un color cobrizo arrebatador. Por secciones las prestaciones sobresalientes, singularmente en el caso de los metales, absolutamente memorables. El coro de la Semperoper no rindió a un nivel tan sobresaliente, 

Estrenada en 1983, la producción de Christine Mielitz -quien fuera en sus comienzos asistente de Harry Kupfer- se antoja irreprochable dentro de un código absolutamente clásico. Está realizada con primor, con atención casi escrupulosa a las acotaciones y apenas propone una traslación temporal de la acción al contexto de la Alemania decimonónica de Bismarck, sacando pues la narración de su marco medieval. No hay audacias ni tampoco se las esperaba. Lo cierto es que la producción se ajusta como un guante al concepto mismo, epocal y antes citado en torno a Thielemann, redondeando una representación que parecía sacada de otros tiempos, como si estuviésemos a mediados del siglo XX.

 

 

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