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Gustavo Gimeno: "No tengo prisa ni tiempo que perder"

El director español Gustavo Gimeno (Valencia, 1976) estrena este año su titularidad al frente de la Toronto Symphony Orchestra, en Canada. De hecho, acaba de presentar su primera temporada liderando a esta formación canadiense. Su titularidad allí es un cargo que compatibilizará con su posición como director titular de la Filarmónica de Luxemburgo, adonde llego en la temporada 2015/2016. Al hilo de su reciente presencia en Barcelona, para su debut en el Liceu con la Aida de Verdi, conversamos con Gimeno acerca de sus referentes, entre ellos el fallecido Mariss Jansons, y sus próximos proyectos.

Me gustaría comenzar esta conversación evocando la figura de Mariss Jansons, a quien dedicó recientemente unas emotivas líneas

Mi primer encuentro con Mariss Jansons tuvo lugar cuando yo tenía unos dieciocho años, en 1995, formando parte de la Orquesta del Concertgebouw. Aquello fue como poder jugar un par de minutos en la Champions. Yo era parte de la orquesta ya cuando le nombraron titular en Amsterdam y a partir de entonces se incrementó el contacto, hasta que me propuso asistirle. Fue de manera semejante como conocí a Abbado. Eran dos grandes figuras pero muy diferentes. Honestos, trabajadores, serios y con una gran capacidad de escuchar a quienes ellos consideraban que merecían su confianza. Pero al final Abbado era un alma latina. Jansons era una persona mucho más infranqueable, sobre todo si no estaba relajado. Era más inseguro y nervioso, porque se imponía un listón altísimo, era tremendamente exigente consigo mismo. Abbado es evidente que también lo era pero no lo dejaba traslucir de igual manera. Aprendí mucho de ambos, en sentidos diversos. Abbado me abrió más su mundo, me permitió conocer su vida de cerca: paseábamos, cenábamos, dedicábamos tardes enteras a estudiar una partitura... Era una relación especial y muy diferente. Jansons en cambio quería información directa, rápida y eficiente durante los ensayos. Era mucho más funcional y supongo que lo que yo le decía le parecía coherente, porque fue así como creció nuestra relación.
 
Creo que también ha mantenido una relación afectuosa Bernard Haitink, quien ha hecho efectiva su retirada hace apenas un par de meses.

Sí, Bernard Haitink ha sido siempre muy generoso y amable conmigo. Le conocí también por vez primera durante mis días en el Concertgebouw. Le contaré una bonita anécdota, que refleja muy bien el tipo de director y persona de la que estamos hablando. Yo tenía previsto dirigir unos conciertos con la Cuarta de Bruckner, al frente de la Filarmónica de la Radio de Holanda. Un par de semanas antes supe que Bernard Haitink iba a dirigir su último concierto precisamente con ellos, cerrando de alguna manera un círculo, ya que había sido la primera orquesta que confió en él en sus comienzos. Haitink tenía intención de dirigir, como entonces, la Cuarta de Bruckner. Obviamente, cuando yo supe esto propuse cambiar el programa de mis conciertos. No tenía sentido que los dos dirigiéramos la misma obra, con la misma orquesta y en el transcurso de la misma temporada. Pero por cuestiones de plazos de trabajo resultó no ser posible. Esos mismos días me encontré una entrevista con Haitink en un periódico local, donde me dedicaba algunas palabras elogiosas y donde comunicaba que había decidido cambiar el programa de su último concierto, al saber que yo iba a dirigir la Cuarta. Finalmente hicieron la Sexta de Bruckner con él. Me parece un gesto de una talla extraordinaria, como músico y como persona. 

Presenta ahora su primera temporada como director titular de la Toronto Symphony. Desde su experiencia de estos años en Luxemburgo, una orquesta centroeuropea, ¿diría que son tan distintas las orquestas a ambos lados del Atlántico? Las orquestas norteamericanas, ¿son tan particulares o es un tópico?

A nivel institucional y a nivel de funcionamiento interno son otro mundo. Su dependencia de las aportaciones privadas impone en ellas una dinámica muy particular. En este sentido, el perfil de esos mecenas es algo también bastante inédito en Europa. Se trata de gente verdaderamente leal y apasionada, a menudo con una tradición familiar y generacional de respaldo al proyecto sinfónico. Se trata de gente con enormes inquietudes intelectuales. 

Otra diferencia importante es el papel de los sindicatos, que están muy encima y son muy estrictos con los horarios y condiciones de trabajo. Pero lo cierto es que las orquestas norteamericanas tienen una gran capacidad de trabajo en los ensayos. Los músicos llegan a ellos con una gran preparación y son orquestas muy plásticas y flexibles. Verdaderamente en el transcurso de los ensayos es posible lograr cambios importantes de una manera muy eficiente. Se ensaya menos pero son muy disciplinados y rápidos. Hay un método de trabajo muy bien interiorizado, verdaderamente productivo.

Desde Europa, tengo la impresión, se tiende a desprestigiar el funcionamiento de estas orquestas americanas, tirando de tópicos y tendiendo en exceso a generalizar. Cuando en realidad la Orquesta de Cleveland no tiene absolutamente nada que ver con la Filarmonica de Nueva York, por ejemplo. Boston, Filadelfia, Houston, Los Ángeles... cada orquesta es un mundo y tienen un sonido propio y diferenciado, por más que haya denominadores comunes.

¿Y cómo surgió el idilio con Toronto? Apenas había dirigido un programa con ellos antes de que le nombrasen titular.

Yo me enamoré de ellos bastante rápido. Lo que yo no sabía es que el flechazo había sido en una doble dirección. Ya en el descanso del primer ensayo que hicimos le comenté a mi agente que me encontraba extraordinariamente bien con ellos. Tuve una sensación fuerte de conexión con los músicos de manera muy inmediata. Me gustó mucho su actitud: abierta, receptiva, simpática... con un concertino fantástico. Hacíamos la Cuarta de Beethoven que no es una pieza fácil para debutar con una orquesta. Pero enseguida me convencieron de su conocimiento del repertorio, de su fraseo y de su compromiso. La reacción de los músicos también fue muy positiva a estos primeros conciertos pero pasó un tiempo hasta que se formalizó la idea de contar conmigo como su nuevo director titular.

Al final son muchos más factores los que entran en juego. No se trata solo de tus aptitudes musicales. También evalúan tu personalidad, tu entendimiento con el personal administrativo de la formación, etc. Antes de mi llegada habían pasado catorce años con el mismo director titular, Peter Oundjian. Buscaban a alguien que fuese capaz de generar una nueva energía para llevar la orquesta hacia una nueva etapa, seduciendo por igual a los músicos y al público. Y supongo que algo vieron en mi que les hizo creer que yo era el adecuado (risas). Verdaderamente me siento muy afortunado con esta oportunidad para seguir creciendo en Toronto, junto a una orquesta espléndida.

¿Y la experiencia en Luxemburgo durante estos años?

Luxemburgo es una orquesta muy distinta, con un gran apoyo estatal en términos de financiación. Sala y orquesta forman un conjunto, a diferencia de lo que sucede en Toronto, donde son dos instituciones separadas. Luxemburgo es un ejemplo de modelo europeo de gestión con buena salud. La orquesta y la sala son un referente cultural para el país. Hay además un programa educativo imponente, vinculado a las escuelas, con conciertos para todas las edades.

Para mi es un lujo poder dirigir al mismo tiempo dos orquestas tan distintas pero tan profesionales. Son diferentes, están lejos y me permiten desarrollar dos proyectos completamente distintos. En Luxemburgo abordo ahora mi quinta temporada, con un contrato hasta 2022. Ya hemos hecho unos cien conciertos juntos, en más de doce países y con ocho grabaciones a nuestras espaldas. Es un proyecto muy serio.

Viene dedicando cada vez más tiempo a la ópera. Ahora ha debutado en el Liceu con Aida. Pero lo cierto es que siempre ha programado al menos un título por temporada con la Filarmonica de Luxemburgo.

Así es. En el Gran Teatro de Luxemburgo se escenifican tres títulos por temporada y yo he venido ocupándome de uno de ellos cada año. Esta temporada hemos hecho Macbeth de Verdi.

Un compositor al que va dedicando cada vez más tiempo. También hizo Rigoletto y Simon Boccanegra.

Sí, en parte ha sido coincidencia y en parte lo he buscado. No tenía previamente una especial afinidad con Verdi pero conforme lo estudio y lo dirijo mi fascinación por su obra no deja de crecer. Tengo previsto dirigir más títulos suyos en el futuro. Con Bruckner me sucede lo mismo. La fascinación crece conforme lo dirijo más y más. En cambio con Mahler la conexión es más evidente y visceral. La ópera es muy importante para mi desarrollo como director. Ahora mismo prefiero pasar cuatro semanas en un teatro histórico como el Liceu, con los ensayos y las funciones, a dirigir cuatro programas sinfónicos en cuatro ciudades distintas. 

Todos los grandes directores han dedicado un tiempo importante a trabajar en el foso. Ahí está el caso de Jansons, sin ir más lejos.

Sí, yo no creo en la distinción entre directores de foso y directores de sinfónico. Jansons era un gran músico. Barenboim es un gran músico. Recuerdo que él mismo me dijo en una ocasión que no se veía como un director de ópera propiamente dicho. Y es cierto. Al final se trata de ser alguien sensible, inteligente, estudioso... No creo que sea bueno dedicar toda la agenda a lo mismo, como una rutina repetitiva. En todo caso, si hago ópera es porque disfruto con ello. Y por eso vengo apartando espacios en mi agenda para poderlo encajar con regularidad. Si hago ópera ha de ser en el sitio adecuado, con el repertorio adecuado y con el tiempo necesario.  

Desde fuera, ¿cómo ve la situación en Les Arts? Creo que conoce bien a Jesús Iglesias, de sus días en Ámsterdam.

Sinceramente intento no prestar demasiada atención a otras instituciones que no sean las que yo dirijo. Pero debo decir que tengo gran confianza en Jesús Iglesias, a quien conozco bien de Amsterdam. Creo que puede hacer un buen trabajo. Es una persona seria, con conocimientos, un buen gestor. Hemos estado en contacto y de hecho este año vuelvo a Les Arts para dirigir un programa sinfónico con su orquesta. El teatro está en buenas manos con él. Ahora solo cabe esperar que los responsables políticos e institucionales le den los instrumentos para hacer bien su trabajo. Yo soy valenciano aunque en realidad he crecido como músico fuera de allí, en el Concertgebouw. Pero me alegraré siempre que le vayan bien las cosas al teatro de mi ciudad, por supuesto.

Desde esa distancia, viendo a España desde fuera, ¿de que salud musical goza nuestro país? Creo que a veces somos muy conscientes de lo que hacemos mal pero valoramos poco lo que se ha hecho bien.

El nivel de los músicos españoles ahora mismo es algo inédito y verdaderamente extraordinario. 

Y eso a pesar de un sistema educativo lleno de deficiencias.

Sí, eso es cierto. Yo creo que a partir de mi generación muchos sentimos que fuera de España pasaban cosas que nos estábamos perdiendo. Vivíamos con un cierto complejo de inferioridad que nos ha hecho hambrientos y ambiciosos. En Holanda yo recuerdo percibir como muchas cosas se daban por hechas. En cambio aquí, yo al menos, crecí con esas ganas de salir ahí fuera y comerme el mundo, paso a paso, con enorme curiosidad.

También creo que la apertura de España tras la dictadura trajo consigo un cambio de perspectiva. De alguna manera hemos ido viendo como cada generación abría nuevas puertas hasta normalizar lo que hoy sucede, con la presencia de músicos españoles en casi todas las grandes orquestas internacionales. Pero también caemos a veces en el otro extremo, pensando que hemos descubierto la pólvora. Nada de eso. Nos queda mucho, muchísimo por hacer. Nuestra historia es la que es. La música está en el ADN de algunos países como Alemania. Y para llegar a eso hace falta mucho trabajo y mucho tiempo. Debemos ser pacientes y concienzudos. Y no dejar nunca de ser autocríticos. 

En España no mantiene un vínculo regular con apenas ninguna orquesta, más allá de Les Arts. De hecho sorprende que no haya dirigido aún a la Orquesta Nacional.

Bueno, en su momento hubo conversaciones pero no llegamos a un acuerdo de repertorio. Y como me dijo Barenboim en una ocasión: ‘Si las cosas no suceden cuando tienen que suceder, después son más difíciles’. A día de hoy mantengo relación con Les Arts, en efecto. También dirigí a la orquesta del Teatro Real el año pasado en Moscú. Y ahora el Liceu con esta Aida que hemos hecho.

Debo decir en todo caso que mi agenda está muy llena ya con los compromisos de Luxemburgo y Toronto, que son dos proyectos que me motivan mucho. Y por eso quedan huecos muy contados y muy escogidos para hacer otros proyectos. No aspiro a dirigir más y más... no se trata de marcar orquestas como si fuese una competición; me gusta hacer las cosas bien y con calma. Además en los últimos años he hecho muchos debuts, desde Houston a Nueva Zelanda pasando por Finlandia o Tokyo. Es ahora momento de asentar y profundizar con Toronto y Luxemburgo, para crear algo especial con ellos. El año que viene apenas voy a dirigir cinco o seis orquestas, además de estas dos. Y al año siguiente es probable que aún menos.

No le voy a hacer la insistente pregunta que siempre le formulan, acerca de si será o no el próximo titular en Les Arts. Pero si me interesa saber si se vería capaz de incluir en su agenda la dirección musical de un teatro, el que fuera.

Ahora mismo creo que sería una irresponsabilidad. Mientras yo tenga en vigor un contrato con dos orquestas, como es el caso ahora, añadir una tercera institución, ya sea orquesta o teatro, no sería razonable. De veras creo que no sería responsable ni hacía la música ni hacía esas instituciones. Además yo tengo que estudiar. Esto se nos olvida mucho; la agenda no son únicamente los conciertos que hacemos sino las muchísimas horas que debemos dedicar al estudio. Por eso digo que me estaría mintiendo a mi mismo y a las instituciones implicadas si aceptase ocuparme ahora de un teatro. La perspectiva será distinta en el caso de que termine mi relación con alguna de estas orquestas en el futuro.

Volveremos a hablar entonces de Les Arts cuando se acerque 2022. 

Veremos... (risas)

En términos de repertorio, ahora mencionaba Verdi y Bruckner, ¿hacia dónde le gustaria orientar sus intereses?

El problema real es precisamente la falta de tiempo. Son muchos los intereses de repertorio pero no hay tiempo material para estudiarlo y prepararlo como es debido. Además hay obras y compositores que ya he dirigido y a los que me gustaría volver. Por ejemplo Schumann, un extraordinario sinfonista que sigue estando a la sombra de Beethoven y Brahms. Y lo mismo con Mendelssohn o Haydn. Son autores que me apasionan pero a los que tengo muchísimo respeto. Solo me planteo hacer su música si tengo tiempo razonable y suficiente para preparlo bien. Hago menos Shostakovich pero no porque no me interese, sino porque tengo que priorizar. Y lo mismo con Sibelius, por citar otro autor fascinante. Con la ópera la situación es distinta. Tengo claro que voy a dedicar una parte de mi agenda a la lírica cada año. Verdi ocupa ahora un lugar importante en mi repertorio pero también me fascina la ópera rusa. Me gustaría mucho hacer un título de Shostakovich. También me apasiona una ópera como Rusalka. En algún momento me gustaría dedicarme a Puccini. Pero no tengo prisa. No tengo prisa ni tampoco tiempo que perder. Me gusta mucho la situación que se ha dado con Verdi este año. He hecho Macbeth y Aida y eso me ha dado una extraordinaria perspectiva sobre su trabajo, viendo a través de sus cartas cómo trabajaba con los libretistas, sus indicaciones escénicas. Es una música inspirada, intensa, refinada... fascinante. Por eso no tengo prisa. Me gusta profundizar. Igualmente dentro del repertorio que ya hago, hay obras a las que tengo un enorme respeto. Suelo dirigir sinfonías de Mahler, pero en cambio a Das Lied von der Erde le tengo un enorme respeto. Es una obra compleja y profunda, con la participación de la voz. Me parece una obra de una dificultad técnica extraordinaria. 

Foto: © Toronto Symphony Orchestra

 

 

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