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Andris Nelsons Marco Borggreve

Andris Nelsons. Un místico con los pies en la tierra. 

De un tiempo a esta parte, en consonancia con un progresivo relevo generacional, las virtudes que adornan el talento de un gran director de orquesta han ido variando. Lejos quedan ya esos días en los que la autoridad tomaba el gesto de la rectitud, cuando la severidad se antojaba sinónimo de sapiencia. No hace falta remontarse a Toscanini, siquiera a Karajan o Celibidache, para constatar que triunfa hoy en día una generación que ha hecho de la comunicación y la proximidad su mayor talento. Petrenko, Nelsons, Nézet-Séguin… pero también el desaparecido Jansons y por supuesto su discípulo más directo, el también letón Andris Nelsons, encargado este año de comandar el tradicional Concierto de Año Nuevo en Viena. Todos ellos son exponentes de una actitud de servicio y modestia, impensable en otro tiempo.

El reciente fallecimiento del citado Mariss Jansons ilumina a contraluz, como la sombra de un enhiesto ciprés de cementerio, la figura de su “hijo adoptivo” en el podio. Y es que Nelsons continúa a su manera una estirpe que comenzó con Arvids Jansons, el padre de Mariss. Forjados todos ellos bajo la horma de la escuela rusa, pero con gran amplitud de miras, se trata de directores con un gesto propio que no se reduce a la mera teatralidad. Ese gesto esconde un arte en el que la música emerge por efecto del diálogo, buscando la complicidad de los músicos, su entrega por mor de su convencimiento, su implicación como un precipitado de su vivencia en los atriles, hasta sentirse parte de una interpretación que ya no puede ser mera ejecución.

Nelsons encarna, como pocos directores hoy, ese talante conversador, que algunos confunden como una flaqueza o una debilidad, como si empuñar la batuta implicara imponer, dictar o predeterminar un enfoque. Quien haya podido asistir a un solo concierto con Andris Nelsons se dará cuenta de que la música, con él, no puede reducirse a una simple rutina. Hay tanta compenetración entre el podio y los atriles: miradas, gestos… un sinfín de detalles que revelan que se comparte algo más, intangible, de lo que al final el público mismo se siente parte. En resumen, un místico con los pies en la tierra, como él mismo se definía indirectamente en la entrevista que mantuvimos en junio de 2018: 

"Desde mi punto de vista, el oficio del director de orquesta es algo místico, tiene un componente espiritual difícil de explicar. Por supuesto, hay una parte muy importante que tiene que ver con los conocimientos técnicos, el estudio del repertorio, etc. Pero al final todo consiste en comunicar, en establecer un vínculo emocional con el público y por descontado antes con los músicos. La labor de un director consiste en alentar a los músicos para ejecutar la música de una determinada manera. Y eso no se puede hacer desde la imposición, desde la mera autoridad; para que todo funcione, tienen que estar realmente convencidos de lo que están haciendo. Para esto hace falta que todos nos enfrentemos ala música como niños curiosos con los ojos y los oídos bien abiertos, sin prejuicios e ideas preconcebidas. Un director trabaja en última instancia con emociones: las suyas, las de los músicos, las del público... y por supuesto las de la música. Reducir todo eso a una mera cuestión técnica, a la imposición de un criterio porque supuestamente desde el podio se tiene autoridad para hacerlo, será un error y bajo mi punto de vista no daría buenos resultados. Y lo más grave: no sería justo con la esencia de la música. Yo no concibo mi trabajo si no me siento realizado con él. Hacer música debería ser siempre un acto sumamente satisfactorio. Y no querría que esto suene naíf; evidentemente la música puede ser agresiva y lacerante, deprimente incluso, pero hasta en esos momentos debe llenarnos, debe conducirnos hacia una sensación de realización. 

Al final la labor de un director consiste en convencer a los músicos y motivarlos. No hay que olvidar que ellos han estudiado su instrumento durante años y tienen una destreza técnica altísima y una gran experiencia. Conviene no infravalorar su labor ni adoptar un tono paternalista. Lo peor que puede hacer un director, y lo he vivido también en mis tiempos entre los atriles, es tratar de enseñar o adoctrinar a los músicos como si ellos no supieran ya hacer su trabajo. Por supuesto, se trata de enfatizar, sugerir, invitary para eso se puede usar también un lenguaje técnico, aunque en ocasiones quizá sirva mejor uno más poético o más gráfico. En el trabajo con los músicos hay una parte inicial que consiste en resolver problemas y esa se aborda obviamente desde la técnica. Pero esa es solo una parte, la más sustancial. Los músicos esperan después de una batuta que tenga ideas, carisma, locurala capacidad de convencerles para que te sigan, estén o no convencidos de lo que propones, lo compartan plenamente o nopero debes conseguir que crean en ti y en lo que intentas hacer y que te sigan.

Karajan decía, medio en broma, medio en serio, que solo hay dos lugares donde no hay democracia: en un ejército y en una orquesta. Y esto por supuesto suena muy autoritario, pero en el fondo es cierto. Si un director llega a un ensayo sin ideas, sin la autoridad decidida para proponer lo que quiere hacerlo ha perdido todo de antemano. En todo caso, como director la única autoridad que reconozco es la del compositor. Si hay una dictadura en todo esto es la suya. Su partitura supone el único liderazgo para todos lo que estamos en el foso o en el escenario. El director no es más que un portavoz autorizado.

Volviendo al tiempo en que yo estaba entre los atriles, recuerdo directores que venían siempre con el mismo tipo de discurso: Yo quiero que…”; Me gustaría que…”. Siempre con el Yo, yo, yo…”. Ante esto, yo siempre pensaba: ¿y a quién le importa lo que usted quiera? Se trata de lo que quiera el compositor, de lo que nos pida con su partitura. Estoy siendo muy cínico, por supuesto. Pero mi idea es clara con esto: no se trata de lo que yo quiera sino de que logremos crear de forma conjunta algo que haga justicia a una partitura. Yo suelo hablar de otra manera en los ensayos: Intentemos esto o aquello…”; Creo que aquí la música nos pide tal cosa o tal otra…”. Y esto le aseguro que predispone las cosas de otra manera, sobre todo promueve que los músicos se sumen a la interpretación con voluntarismo y con la mente abierta, con ganas de remar a favor. No hay nada peor para la música que un músico que se siente fuera del discurso que estamos construyendo. Puede sonar muy naíf todo esto que digo, pero no está reñido con un ideal exigente de disciplina, algo igualmente importante." (Andris Nelsons en conversación con Alejandro Martínez, en Londres, junio de 2018)

NelsonsGewandhausorchester2018

La trayectoria de Andris Nelsons (Riga, 1978) comenzó como tal en 2003, cuando tomó posesión de su cargo como director musical de la Ópera Nacional de Letonia, donde permeneció hasta 2007. Antes había sido trompetista en la orquesta de ese mismo teatro. En 2006 llegó para él su primera titularidad fuera de Letonia, cuando asumió las riendas de la Filarmónica del Noroeste de Alemania, con sede en Herford. Estuvo allí hasta 2009, cuando dejó el cargo obligado por un nuevo y relevante compromiso, al ser designado director titular de la Sinfónica de Birmingham, sucediendo allí a Sakari Oramo. Nelsons comenzó a forjar su leyenda con esta orquesta, a la que mantuvo en lo más alto durante los ocho años en los que fue su director titular. Tan evidentes fueron sus logros en Birmingham que la figura de Nelsons fue objeto entonces de todas las miradas en el panorama internacional.

Y llegó así su designación al frente de la Sinfónica de Boston, como sucesor de James Levine. Nelsons tomó posesión de su puesto en esta orquesta norteamericana en septiembre de 2014 y desde entonces no ha dejado de confirmar allí el acierto de su contratación. Pero el maestro letón había de rizar el rizo cuando la Gewandhausorchester de Leipzig le quisiera también como su nuevo Kapellmeister, posición que asumió a partir de la temporada 2017/2018. Nelsons pues compagina a día de hoy la titularidad de dos de las orquestas más importantes del mundo, con las que viene completando sendos proyectos discográficos, tan ambiciosos como fascinantes. Con la Sinfónica de Boston se afan en completar la integral de las sinfonías de Shostakovich; y con su orquesta de Leipzig viene haciendo lo propio en torno a la integral sinfónica de Bruckner. 

Pero no queda ahí su agenda, ni mucho menos. Y es que Nelsons es invitado regular de tres de las orquestas más exigentes del mundo: la Filarmónica de Viena, la Filarmónica de Berlín y la Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam. Con ellas completa su endiablada agenda, donde se ha "colado" otro fascinante proyecto discográfico, al hilo del 250 aniversario del nacimiento de Beethoven. Nada menos que la integral sinfónica del genio de Bonn junto a los Wiener Philharmoniker, para Deutsche Grammophon, el sello con el que Nelsons mantiene un contrato en exclusiva desde 2016.

Nelsons Gewandhausorchester

Nelsons, sin embargo, no es un hombre ambicioso. Vive con sorprendente naturalidad todo lo que le viene sucediendo en estos últimos años a una velocidad de vértigo. Su presencia hoy en Viena para dirigir el tradicional Concierto de Año Nuevo tiene una lógica aplastante, porque es al mismo tiempo un gran maestro a la antigua, un Kapellmeister, pero representa asimismo un nuevo estilo en el podio, una actitud distinta y más propia de nuestro tiempo. Además su dominio del repertorio es aplastante: no solo Bruckner o Shostakovich, a quienes maneja con sumo detalle y familiaridad; también Beethoven, por descontado, a quien se hace un guiño este año en el Concierto de Año Nuevo; y los autores rusos, de Chaikovski a Stravinski, a los que conoció desde muy temprano. Pero es que Nelsons se siente también fascinado por el repertorio contemporáneo, que incluye una y otra vez en sus programas de Boston y Leipzig. Nelsons posee un talento evidente. Y lo más genial de todo es que está labrando su propio camino, en el marco de una generación dorada de batutas, que son garantía de un futuro brillantísimo para nuestras orquestas. Si nada se tuerce, el maestro letón será una referencia tan carismática y singular como la de su valedor y referente, el tristemente desaparecido Mariss Jansons. 

Fotos: © Marco Borggreve | © Gewandhausorchester

Recupera aquí completa nuestra entrevista de 2018 con Andris Nelsons

 

 

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