© Monika Rittershaus
Triunfo del foso
Aix-en-Provence. 09/07/2026. Gran Teatro de la Provenza. Strauss. La mujer sin sombra. Michael Spyres (El Emperador), Vida Miknevičiūtė (La Emperatriz), Nina Stemme (La Nodriza), Brian Mulligan (Barak, el tintorero), Ambur Braid (La Tintorera). Orquesta de Paris. Dirección de escena: Barrie Kosky. Dirección musical: Klaus Mäkelä.
Aix-en-Provence. 11/07/2026. Gran Teatro de la Provenza. Bártok. El Castillo de Barbazul. Gerald Finley (Barbazul), Irene Roberts (Judith), Orquesta de Paris. Dirección musical: Klaus Mäkelä.
En el mundo de la dirección de orquesta solía ser habitual que los jóvenes maestros comenzaran trabajando en teatros de ópera de segunda clase (entendida la expresión como teatros de provincias, como dirían en Madrid) para ir forjando una carrera, con la consiguiente selección natural que esto implicaba. Los más grandes pasaban a los grandes coliseos y luego, en época más madura, dirigían grandes orquestas sinfónicas (algunas de ellas también en los fosos de los grandes teatros) con las que se consagraban como figuras icónicas de la profesión. La progresión de Klaus Mäkelä ha sido la contraria y a una velocidad acorde con los tiempos que corren. Comenzó en orquestas sólidas pero de menos renombre hasta llegar ahora, a sus 30 años, a ser el director más deseado por los grandes grupos sinfónicos del mundo. Dos titanes de ese mundo, la Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam y la Orquesta Sinfónica de Chicago ya lo han fichado como primer director para próximas temporadas.

Cualquiera que haya oído dirigir a Klaus Mäkelä es consciente que es una batuta excepcional, con una adaptación camaleónica a distintos repertorios (algo que lo hace más grande aún) y un sonido propio que va haciéndose palpable con cada concierto. Su carrera, como comentaba, da vértigo por la cantidad de compromisos que acumula, e incluso las aves de mal agüero (tan presentes siempre en el mundo de la Clásica) auguran que esa rapidez no trae poso ni la interiorización necesaria de las partituras para llegar a ser uno de los grandes. Yo no predigo el futuro pero lo que sí tengo claro es que cuando oyes un Bruckner dirigido por el director finlandés ese Bruckner es profundo y él está completamente comprometido con la partitura. Pero nuestros amigos los pajarracos esperaban con deleite maquiavélico que Mäkelä bajara al foso, que se enfrentara al mundo de la ópera, muy diferente al sinfónico a la hora de dirigir. Y él aceptó el envite a lo grande, con una de las óperas con más riqueza sinfónica escritas y con una variedad tímbrica de enorme dificultad: Die Frau ohne Schatten (La mujer sin sombra) de Richard Strauss.

Y el resultado ha sido apoteósico. No voy a desgranar la dificultad de la partitura y sus variados matices, su riqueza musical y el despliegue que une el clasicismo romántico con las grandes escuelas de mediados del siglo XX. La crónica sería eterna. Pero sí que diré en primer lugar que la entrega de Mäkelä ha sido absoluta; verlo dirigir era todo un espectáculo, completamente integrado en un solo todo con la orquesta, la música y el escenario. El director se inclina, demostrando un profundo estudio de la partitura, por una lectura clara, diáfana y accesible al oyente, en plena consonancia con la puesta en escena de Barrie Kosky que luego comentaremos. Esto supone tiempos moderados en las partes más líricas, limar aristas de los pasajes más agrestes y, sobre todo, contar una historia que seduzca tanto al conocedor de la obra como al que la escucha por primera vez.
Y esa es la grandeza de Mäkelä otra vez: hacerse camaleónico y presentar un Strauss que mira más a El caballero de la rosa o Ariadne auf Naxos que a Elektra o Salome. Un Strauss maduro que ha logrado con Die Frau unir esos dos caminos que definen la trayectoria del compositor muniqués. Y gracias a una Orquesta de París totalmente entregada, perfecta en todas sus familias, en comunión con un director que conoce a la perfección, se consiguió un maravilloso sonido que lo envolvía todo y que creó un mundo de belleza y fantasía que solo los grandes pueden lograr. Es inevitable pensarlo: si con 30 años se puede dirigir así, a dónde podrá llegar Mäkelä...

El libreto de La mujer sin sombra fue la última colaboración de una de las parejas más importantes de compositor y escritor-libretista: Richard Strauss y Hugo von Hofmannsthal. De este tándem habían surgido obras maestras como Elektra, El caballero de la rosa o Ariadna en Naxos. En los versos de esta ópera aparece el Hofmannsthal más críptico y modernista para contarnos un cuento fantástico que nos habla de los sentimientos de los hombres, de los clichés de los semidioses y de las relaciones entre ellos, convenciéndonos al final que es el alma humana la que triunfa sobre toda la mitología mágica. Resolver el galimatías que supone este libreto no es fácil.
El director de escena Barrie Kosky lo consigue una vez más en su ya larga trayectoria artística. Lo que más destacaría del director australiano es, además del enorme talento, la capacidad para reinventarse, para adaptarse de una manera completamente distinta según la obra que tenga que adaptar (aunque siempre hay un toque 'Kosky' en sus producciones). Para enfrentarse a Die Frau Kosky opta por la exposición clara de un argumento difícil. Define claramente los dos mundos, el fantástico y el de los tintoreros. El primero siempre tiene un marcado tinte mágico, tanto en la escenografía (magnífico Michael Levine en este trabajo) como en el vestuario (tan brillante el de Victoria Behr). El segundo viene marcado por una construcción básica de tres alturas, llena de elementos que recuerda a una casa pobre en un barrio marginal de una megalópolis. La miseria se masca en este ambiente y se comprende perfectamente por qué los personajes de la obra buscan salidas a sus respectivos mundos opresivos. Barrie Kosky, con su maravillosa dirección de actores, nos “traduce” para un público no demasiado avezado en la poética de Hofmannsthal, la historia que cuentan el libretista y el músico, con ese, vuelvo a repetir, tremendo talento.

Vocalmente, como en casi todo, La mujer sin sombra, es una ópera difícil y arriesgada. Sobre todo en los papeles femeninos, la especialidad de Strauss. En la función que comentamos brilló la grandeza vocal de Nina Stemme en el papel de La nodriza, instigadora y base de las maldades de la historia. No fue la voz más templada, ni se dejó de notar el paso de los años con un vibrato bastante notable, pero Stemme es una de las grandes sopranos de este siglo, una voz que no solo canta sino que actúa. Es un milagro. Stemme transmite absolutamente toda la fuerza de su papel a través de su voz, de sus inflexiones, de su emisión, de sus diversos matices. Oírla, verla actuar, sigue siendo un placer absoluto.
Gran triunfo de Ambur Braid como tintorera, esa mujer que vive una vida que no quiere al lado de un hombre al que le es difícil demostrarle el amor que le tiene por la insatisfacción que ella lleva consigo. La voz, de un color oscuro excepcionalmente bello, brilló en todo momento, con una actuación antológica y con una lección de canto también lleno de dinamismos y cambios constantes de tesitura.
Considerado uno de los papeles más difíciles del repertorio, La emperatriz fue protagonizada por Vida Miknevičiūtė, una cantante que encandila en todas sus actuaciones, como en la reciente Salome de Les ArtsSalomecomo en la reciente Salome de Les Arts. La partitura de Strauss le obliga a cantar casi siempre en la zona más aguda de la tesitura y el esfuerzo de la soprano lituana fue titánico consiguiendo notas estratosféricas. Un papel difícil pero que ella resolvió también con una potentísima proyección que llenó el Gran Teatro de la Provenza.

Michael Spyres fue El emperador, un personaje que dentro del cuarteto protagonista, es el que menos lucimiento tiene. Spyres tuvo, como tantas veces en su carrera, la virtud de adaptar una voz que no parece a priori especialmente grave para este papel en un trabajo muy digno y convincente, sobre todo en su solo del segundo acto. ¡Qué precioso Barak, el tintorero, interpretó Brian Mulligan! Fue todo un lujo oír una voz de tan bello timbre, integrada perfectamente con sus inflexiones, en el duro papel del hombre rechazado por su esposa a la que ama con locura. Fue toda una lección de canto; con la de Stemme, su interpretación fue la que a mi más me llegó al corazón. Fabuloso el resto de personajes en una selección de elenco tan adecuada como brillante. Una función inolvidable.

El castillo de Barbazul, con Klaus Mäkelä y la Orquesta de París
Aunque veo su necesidad, no me gustan las óperas ofrecidas en concierto. Fundamentalmente porque el hecho de que la orquesta esté a la misma altura física que los cantantes, aunque estén delante, es siempre un hándicap para ellos y la valoración de esta parte de la ópera siempre queda lastrada por la evidente dificultad de enfrentarse a una masa sonora, justo detrás de ti. El Festival de Aix ofrecía una sola función de El castillo de Barbazul de Béla Bartók. Esta obra, de un solo acto, es una joya de las primeras décadas del siglo XX, siguiendo la estela de Pelléas et Mélisande de Claude Debussy. Protagonizada solamente por dos personajes, Barbazul y su esposa Judith, nos introduce en un mundo de misterio y fantasía (está basada en un cuento del famoso escritor Charles Perrault). Bártok crea una música que oscila entre la suave bruma y la explosión orquestal, según el devenir de la historia, consiguiendo que el oyente quede casi hipnotizado por unas melodías a la vez humanas y fantásticas.
El mayor atractivo de esta única función recaía en la dirección de Klaus Mäkelä con la Orquesta de París. Pero para mi también era muy interesante oír el Barbazul de Gerald Finley, uno de los cantantes que más admiro. Orquestalmente Mäkelä volvió a mostrar toda la paleta de colores de la partitura con una pasión y una precisión encomiables. Volvimos, como ocurrió en Die Frau, a escuchar notas que en otras audiciones habían pasado desapercibidas, percibiendo una claridad diáfana en toda la ejecución. Pero sobre todo otra vez nos deslumbró el director finlandés por el estudio que demostró de la partitura, por la perfecta conexión con el ambiente onírico de la música. Se van a acabar pronto los epítetos para hablar del trabajo de este genio. Obviamente, otra vez la Orquesta de París estuvo a pleno rendimiento demostrando la simbiosis que hay entre atriles y batuta.
Gerald Finley es un barítono con una carrera impecable. Sus trabajos siempre se caracterizan por una de sus cualidades más notables: la elegancia. Con Finley no hay gesticulaciones ni astracanadas. Le he oído cantar un espléndido Iago y el sonido era el de una serpiente sibilina, no el de una fiera vengativa. Sabe adaptarse a todo rol pero desde unos parámetros que a veces impresionan más que si gritara. Esta vez hizo lo mismo con el hierático y temible Barbazul. Ahí sigue ese timbre tan característico, ese canto medido, intencionado, bien modulado. Pero los años no perdonan y el volumen se resiente (y más aún con una orquesta detrás) y los graves no son tan rotundos. Pero sigue siendo un cantante que emociona y que admira. Si hablábamos de papeles difíciles de soprano, el de Judith es temible. Admirable estuvo Irene Roberts en su desempeño. Segura en toda la tesitura, con buena emisión y potencia (aunque también sucumbió en algún momento al volumen orquestal) supo navegar en las aguas turbulentas de un papel que roza la dulzura, pero se afianza en la testarudez y el capricho para explotar al enfrentarse con la realidad. Buena función pero demasiado (entiéndaseme) Mäkela y Orquesta de París para dos cantantes, por magníficos que sean.

Fotos Die Frau ohne Schatten: © Monika Rittershaus | Fotos Bartók: © Vincent Beaume