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Chenier Kaufmann Radvanovsky recortado

 

Eclipses

Barcelona. 09/03/2018. Gran Teatro del Liceo. Giordano: Andrea Chénier. Jonas Kaufmann, Sondra Radvanovsky, Carlos Álvarez, Francisco Vas, Manel Esteve, Sandra Ferrández, Toni Marsol y otros. Dir. de escena: David McVicar. Dir. musical: Pinchas Steinberg.

Noche sumamente esperada la de ayer en el Liceu, para el debut escénico allí de Jonas Kaufmann, quien ya había pisado no obstante ese escenario en dos ocasiones: en la temporada 2004/2005 con la Misa Solemnis de Beethoven y en la temporada 2013/2014 con el Winterreise de Schubert. No se trataba, dicho sea de paso, de su debut escénico en España, pues ya en  había cantado una única función de Fidelio en el Palau de Les Arts de Helga Schmidt, en 2011. Incluso antes, en marzo de 1999, asumió una única función de La clemenza di Tito en el Teatro Real de Madrid, sustituyendo a otro colega. Estuvo previsto que cantase las tres míticas funciones de Fidelio que Claudio Abbado dirigió en el Real en 2008, pero finalmente no pudo ser. De ahí que estas funciones en Barcelona fuesen, a su manera, el debut escénico “formal” de Kaufmann en nuestro país, en una tanda de representaciones programadas con antelación.

A decir verdad el debut de Jonas Kaufmann fue intachable, pero quienes se llevaron la noche -"aplausómetro” incluído- fueron Sondra Radvanovsky y Carlos Álvarez. Kaufmann llegó en buena forma al Liceu, valiente y entregado, exhibiendo su singular dominio de la media voz, brillando más en los pasajes líricos que en los impetuosos. Habiéndole escuchado este mismo papel en dos ocasiones previas, en su debut con el mismo en Londres en 2015 y el año pasado en Múnich, me atrevo a decir que en Barcelona estuvo mejor que en la capital bávara, donde se había mostrado visiblemente cansado y con algunas tiranteces vocales. En Barcelona pudimos escuchar al mejor Kaufmann, pero quizá eso no fue suficiente para echar abajo el teatro, como sí lograron en cambio sus dos colegas de reparto, quienes estuvieron a punto de eclipsar al astro bávaro.

Y es que Sondra Radvanovsky -nuestra entrevista de portada este mes de Marzo- estuvo inconmensurable en debut como Maddalena. Parece difícil imaginar una voz más redonda, más en forma, una emisión más limpia y homogénea, una regulación más conseguida del sonido… Y qué gran actriz, qué entrega, qué denuedo e implicación escénica. Extraordinaria Radvanovsky, a todas luces. La soprano canadiense se emocionó visiblemente ante la sonora y prolongada ovación que el público le regaló tras una sobrecogedora interpretación de “La mamma morta”.

No se quedo atrás, ni mucho menos, el malagueño Carlos Álvarez. Cada vez que lo escuchamos cantar así hay que dar gracias. Y pensar que estuvo a punto de no volver a cantar nunca más… Sus últimas actuaciones en el Liceu han sido una concatenación de éxitos, desde un brillante Rigoletto hasta un fantástico Renato en Un ballo in maschera. Este Gérard es una de sus mejores creaciones, exponiendo una paleta amplísima de colores y temperamentos. Se rozó el bis tras su gran recreación del “Nemico della patria”. Poderoso, intenso, vibrante. Qué gran artista. Qué manera de comerse el escenario y echar abajo el teatro. No exagero: hacía tiempo que no veía una ovación tan extraordinaria en un teatro.

Fantástico también el plantel de comprimarios, destacando esta vez Sandra Ferrández por méritos propios, con una recreación redonda de la Comtessa de Coigny. Impecables también Manel Esteve y Francisco Vas, en un cartel redondeado sin fisuras por Toni Marisol, Fernando Radó, Fernando Latorre, Marc Sala, Christian Díaz y David Sánchez. La gran Tomowa-Sintow no merece ser valorada por sus medios de hoy sino desde la admiración obligada que supone tener en escena, en estas funciones, a quien fuera otrora una espléndida Maddalena di Cogny.

Muy buen trabajo en el foso de Pinchas Steinberg, apostando por un tiempos densos, extensos, donde había espacio para respirar y frasear. Un planteamiento quizá comprometido para algunos solistas pero que deparó momentos de gran belleza, singularmente en el dúo final, paladeado con detalle. La orquesta del Liceu respondió con un sonido compacto, firme y de lograda factura.

En escena se disponía la producción firmada por David McVicar con la que Jonas Kaufmann debutó como Andrea Chénier en Londres, en 2015. Es una producción conformista, pagada de sí misma, un mero decorado prácticamente ayuno de ideas, ni siquiera en la dirección de actores. No hay gran margen para idear algo singular en torno a Andrea Chénier, pero el conformismo de esta producción es un tanto decepcionante.

 

 

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