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Parsifal Bayerische

 

Misa negra

Múnich. 31/07/2017. Bayerische Staatsoper. Wagner: Parsifal. Jonas Kaufmann, Nina Stemme, René Pape, Christian Gerhaher, Wolfgang Koch y otros. Dir. de escena: Pierre Audi. Dir. musical: 

Parsifal no es una ópera y esto no es una representación al uso. Así debiera encabezarse cualquier producción de este título, que el propio Wagner denominó como un "festival escénico sacro" (Bühnenweihfestspiel). Tras atreverse con el Anillo, MeistersingerTannhäuser, llegaba el turno de Parsifal en la Bayerische Staatsoper de Múnich, en el transcurso de esta época dorada comandada por Nikolaus Bachler, con Kirill Petrenko como artífice y demiurgo de sucesivos milagros. En el horizonte, quizá en el verano de 2020, parece cada vez más probable que se atrevan con Tristan und Isolde, con el debut de Jonas Kaufmann en el rol titular.

Por misa negra suele referirse un ritual o ceremonia de tintes paganos que emula la misa católica propiamente dicha, a veces con la finalidad de mofarse de ésta y ridiculizarla. Pues bien, el propio Wagner se refirió en una ocasión a su Parsifal como una misa negra, habida cuenta de su particular tratamiento del ritual católico, aquí amalgamado con creencias budistas y leyendas artúricas. Hay algo de blasfemo e irreverente en Parsifal, tomado en consideración como un culto católico al uso, como tantas veces se ha hecho pasar ante nuestros ojos, con toda esa cantinela sobre la redención repetida ad nauseam. La doble figura de Klingsor/Amfortas no es sino el perverso reflejo de un mundo, el de los caballeros del Grial, que esconde un siniestro miscitismo, mucho menos evidente y por ello mismo mucho más intrigante.

Para este nuevo Parsifal, con un reparto de campanilas -¡Kaufmann, Stemme, Pape, Gerhaher, Koch!- se había confiado en Pierre Audi pero sobre todo en el renombrado pintor alemán Georg Baselitz, formado en su día en la Alemania del Este y responsable aquí de la escenografía. A decir verdad el trabajo de Audi resulta bastante epidérmico y va poco más allá de la caracterización de los personajes y una muy escueta dirección de actores. Pues bien, si alguna virtud posee la propuesta escénica de Audi y Baselitz es precisamente la de recrear ese ambiente oscuro y siniestro tan propio de una misa negra. El tandem integrado pro ambos reduce su propuesta a ideas básicas, de gran formato y a decir verdad poca hondura, un tanto convencionales: el primer acto es el de la caída de los valores, representada aquí por el desvanecimiento de los árboles que sostienen la escuálida escenografía; el segundo acto representa el mundo infantil y acomplejado de Amfortas, muy bien caracterizado como un adulto rijoso que no ha dejado de ser niño; y en fin el tercer acto es el del florecimiento esperado, con la misma escenografía del primer acto vuelta boca abajo y con un suelo que se hunde para la imponente escena de Amfortas, que parece salido del inframundo junto al coro.

Cuando se recurre a un artista plástico para una producción de ópera a menudo el principal obstáculo es el estatismo que resulta de plasmar sus propuestas visuales en escena, incapaz de casar su discurso visual con la acción propiamente dicha del libreto. A buen seguro esto es un inconveniente menor en el caso de Parsifal, una obra en la que “el tiempo se convierte en espacio” y la acción transcurre lentamente. Ello no obsta para que la propuesta de Baselitz para el segundo acto se antoje casi una tomadura de pelo, con los cantantes en primer plano, cantando ante un telón que recrea el castillo de Klingsor de manera un tanto caricaturesca. Sea como fuere, la propuesta escénica se sostiene, a veces en un equilibrio de mínimos y sin duda gracias al tanto individual del quinteto protagonista, sin el que estas funciones no habrían sido lo mismo.

En cualquier caso, el verdadero milagro de este Parsifal se obra en el foso de la Bayerische Staatsoper. Hemos hablado tantas veces ya del genio de Kirill Petrenko; no hay función suya en Munich que deje indiferente. Cada noche allí es como un bautismo, un descubrimiento; asistimos a una partitura inédita, por mucho que se trate de una obra escuchada hasta la saciedad. Escuchar Parsifal y no parar de sobrecogerse ante tantos hallazgos es algo que solo Petrenko y su orquesta pueden conseguir. Su versión no es nada convencional, acostumbrados a un Wagner de tiempos más dilatados y contemplativos, a menudo buscando una fingida trascendencia. Aquí en cambio, partiendo de unos tiempos estrechos y unas dinámicas muy ajustadas, estrictas, Petrenko recrea la magia de una partitura que no requiere de un misticismo afectado para llegar a su verdad más íntima. 

Petrenko, ya lo sabemos bien, es meticuloso al extremo. Me decían recientemente que ha pasado noches enteras revisando la partitura original de Parsifal en Bayreuth. Sea cierto o no, el resultado de estas representaciones revela un conocimiento prácticamente inédito de esta música, habida cuenta de la riqueza de contrastes e inflexiones que alcanza su batuta. Es un espectáculo admirable, nada efectista, ver a Petrenko mientras trabaja con la orquesta durante los encantamientos de Viernes Santo o contemplar su denodado esfuerzo por dar todas y cada una de las entradas al coro masculino momentos después, buscando el balance perfecto entre voces y foso. Petrenko arriesga además en muchas ocasiones, buscando detalles que solo se sostienen contando con la excelencia técnica de sus músicos de la Bayerisches Staatsorchester. Por ejemplo, cuando resalta una trompa acompañando a Kaufmann, mientras canta en pianissimo una frase. El más mínimo error lo pondría todo al descubierto; y en cambio la perfección técnica es tal que se obra el milagro expresivo que Petrenko persigue. Su Parsifal abruma, admira, sobrecoge... es de una intensidad y detalle inéditos y alcanza momentos de una fuerza y una belleza difíciles de explicar.

En el rol titular volvíamos a escuchar a Jonas Kaufmann, apenas dos días después de su concierto en Peralada. El tenor bávaro posee los medios ideales para este papel, lo mismo que para el Siegmund de Die Walküre. Por oscuridad y firmeza del instrumento en el centro y por flexibilidad y sutileza de la emisión en los pasajes más líricos, su aproximación al rol es verdaderamente canónica. Su gran escena del segundo acto fue imponente, midiendo Petrenko los tiempos y los silencios con una astucia admirables y plegándose Kaufmann a cada una de las inflexiones dinámicas requeridas por su batuta, tanto aquí como en sus importantes intervenciones durante el tercer acto.

Sea como fuere, quizá la más sorprendente de la noche fue la sueca Nina Stemme, absolutamente salvaje y desatada en su encarnación de Kundry, un papel que ha madurado y asentado de forma evidente desde su primer contacto con el rol en Viena, allá por marzo de 2017. Con un instrumento en plenitud, fue capaz de alternar agudos en punta, restallantes, con sonidos de un recogimiento sobrecogedor, incluso en transcurso de una misma frase. Su segundo acto fue algo animal, verdaderamente físico y al mismo tiempo trascendente. Hubo además en su Kundry una musicalidad increible, en perfecta conexión con la visión que Petrenko arroja sobre la partitura.

El Amfortas de Christan Gerhaher es toda una creación, alternando pasajes casi liederísticos en perfecta conexión con Petrenko con otros momentos en los que despliega su voz al límite, logrando sonidos de una expresividad honda y auténtica. Excelente una vez más el Gurnemanz de René Pape. Puro magisterio y oficio consumado lo de este cantante con este papel. Y, en fin, atinadísima labor vocal y expresiva de Wolfgang Koch, exprimiendo una por una las palabras de su texto como Klingsor. Imponente labor del coro de la Ópera de Múnich, sin duda el mejor con esta partitura -recordemos que el mismísimo Thielemann contó con él en Salzburgo, para el Parsifal de 2013-.

Esta función del 31 de julio, en la clausura del festival de verano de la Bayerische Staatsoper, ha sido una de las más sobresalientes que he contemplado aquí durante el último lustro. Y eso es decir mucho, porque el listón aquí con Petrenko se ha situado muy alto -recuerdo vivencias imponentes con Die Frau ohne Schatten, Die Soldaten, Die Rosenkavalier, Tannhäuser o Lucia di Lammermoor, por citar solo algunos títulos-. El milagro obrado por Petrenko y sus músicos fue tal que asistimos a un momento hermosísimo, apenas había caído el telón. Petrenko se despedía de sus músicos lanzándoles besos, agradecido y visiblemente emocionado. Pues bien, cuando Petrenko apareció en el escenario para saludar, tan cohibido como siempre, una lluvia de rosas se precipitó sobre él, arrojadas desde el foso por sus músicos, conscientes de haber vivido un tiempo verdaderamente dorado con Petrenko en Múnich. La noche se prolongó con casi media hora de aplausos, hasta un punto en el que los solistas salieron a saludar con una gran jarra de cerveza en sus manos. Maravillosa y memorable noche.

 

 

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